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Favio Posca ha vuelto al escenario con una propuesta que lleva el título de un espectáculo que lo desarrolló durante casi 20 años. Pero se trata de eso, precisamente, un título: “Lagarto blanco”, ya que contenido, textos y personajes y hasta parte de la música se encuentran plenamente renovados.

En efecto, el actor decidió armar otra estructura con personajes, situaciones e historias que le ponen un nuevo marco a su recorrido, empero, sin alejarse de la estructura que tanto lo caracteriza, esa búsqueda frenética por aquellas situaciones que lo apasionan y se convierten, en definitiva, en una obsesión y que se trasluce, luego, en situaciones artísticas de particular brillo. Y esto es debido a que Posca es sello fundamental de un humor que no encuentra símil en la comicidad reciente.

A Favio le apasiona el estilo directo y contundente del inolvidable Negro Olmedo y, de hecho, tiene perfiles en los que abrevó con cariño, admiración y fuego sagrado.

Es que el estilo del intérprete nacido en Mar del Plata y desarrollado, profesionalmente, en Buenos Aires, podría encontrar alguna génesis de parentesco con aquellos viejos y queridos cómicos del Teatro Florida (Galería Güemes), intérpretes que rompían con cualquier estilo artístico tradicional de ese entonces, décadas del 40 y 50, y que, por otra parte, hacían “copartícipes” del show al nada selecto público (marineros, borrachos y afines) para dirimir con ellos peleas diversas cuando las bailarinas eran blanco de acosos, burlas y hasta de abusos, según cuenta la leyenda que viene desde esos años.

También Posca tiene algún vínculo de parentesco con aquellas grandes figuras de la escena argentina, hacedores de varios y emblemáticos personajes. A saber: Luis Sandrini, tartamudeo mediante, con su impar Felipe; Mario Fortuna en su composición del “Nato Desiderio y su clásica frase “Cacha los libros que no muerden”; un personaje con profundas limiticaciones intelectuales que pretendía dar clases magistrales de todo.

Pepe Arias cuando se dirigía a la platea con su “mis queridos filipipones” o Juan Carlos Altavista en la su popular creación de Minguito Tinguitela.

Ahi lo tenemos a Posca, también con su “Perro”, un rol que sacó de su entorno íntimo, un allegado a su familia que viajó por el mundo entero, conocedor de varias situaciones , dotado de una gran cultura en general . También aparecen otras creaciones suyas, devenidas de los intramuros de una sociedad frágil, golpeada, hambrienta; inmersa en la ignorancia, en la agenda del delito y el abandono. 

Y en función de esta dinámica, Posca utiliza la herramienta del humor, bien subido de tono, para reflexionar sobre lo que nos pasa y lo que le sucede a cierta gente a que la sociedad le ha soltado la mano, desde hace tiempo. Y, en derredor de esto, la discriminación, el dedo acusador que busca a los “protagonistas” de los grandes males argentinos.

Favio Posca

El humor del intérprete no admite grises , es blanco o negro y el recorrido radica en poder transgredir con un discurso donde lo sexual, las adicciones, los bajos fondos, la incomprensión y la frustración imponen un grito ahogado de libertad.

En el escenario, Favio Posca no dejado el menor detalle librado al azar: guión, actuación, dirección, luces, música y puesta en escena. Dos horas, solito con su alma, ponen en evidencia la calidad y el fuego sagrado de un aporte que se renueva, día tras día, minuto a minuto, función tras función. Ese es el juego creador que propone el artista ante sus fieles seguidores.