Teatro Picadero, sábados a las 22.15 y domingos a las 18.

Los adultos (los padres) reaccionan con temperamento fuerte, como aquel boxeador que recibe impactos contundente, y se defiende, en consecuencia, con la respuesta del herido, de la supervivencia. Lo que reciben ellos es atroz, y tratan de manejar estas circunstancias con razonamientos distintos.

La madre, desde el dolor propio de haberlo tenido a ese hijo en sus propias entrañas aunque, luego, se irá debilitando ante el poderío de esa horda mayoritaria que arrasa con la sinrazón del golpe y la violencia. Ella empezará a dudar sobre si lo ha educado bien o si se ha convertido en un chico “distinto” para dar motivo (y justificación) a tal manifestación de locura e intolerancia que han aceptado hasta las propias autoridades del establecimiento.

El padre, en cambio, se solidariza desde un primer momento con el chico y emprende una suerte de cruzada contra la vorágine de esa maldad. Incurre, eso sí, en contradicciones propias que se convierten en mandatos inexorables para la construcción de acciones que devienen en angustia y desorientación de esa indefensa víctima que es su hijo.

Pero el componente que nos lastima, que nos hiere, que nos desequilibra, es el que está referido a la intolerancia por la intolerancia misma. Que nos abruma y nos golpea muchísimo cuando se origina en los adultos pero a su vez, aún más, cuando viene de los propios chicos.

Preguntas sin respuesta

¿Hasta qué punto el ordenador de la mente humana puede generar una acción para defenestrar y ultimar a otro ser humano por pensar distinto o por sentir en su alma otros colores, otros afectos, otras imágenes? ¿Hasta cuándo se puede tolerar el “sacrificio” de un “cordero humano” como si estuviéramos instalados en los bandos del bien y del mal, entre Dios y Satán, en plenos años de la cultura medieval?

Estos interrogantes que nos devuelven lo más primario y lo más salvaje de la condición humana son un aporte fundamental para que se pueda seguir librando desde un escenario una batalla contra la oscuridad y crueldad del universo humano.

La dirección de Nelson Valente instala a los personajes en un escenario prácticamente minimalista de una mesa con dos sillas. Importa el sentimiento, el llanto, la respiración, las pausas, la ira, el descontrol de dos protagonistas que toman como base un texto inteligente pero, por sobre todo, impactante por su contenido de búsqueda de justicia.

El combo interpretativo es óptimo. Alejandro Awada nos regala una composición dramática que lo ubica, probablemente, en la mejor etapa de su carrera. El dolor y el tormento interior de su alma ponen registro de composición en un capítulo de oro de nuestro teatro. Melina Petriella no le va en zaga. Presenta a esa madre colmada de dudas y desilusiones plasmada desde un proceso, seguramente, donde la palabra del hecho intelectual ha cedido paso notoriamente al fuego del corazón herido, al hecho de la emotividad, del sentimiento puro.

La imagen de telón de fondo de aquel rostro de un chico que va manifestando cambios y rictus faciales es toda una alegoría, en definitiva, sobre ese grito ahogado de desesperanza y emociones que les va manifestando a los adultos y que no sabemos interpretar ni comprender.