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Calificación: Excelente

"El loro calabrés” ha sido una de las grandes creaciones de Pepe Soriano que surge como consecuencia de una instancia puntual de su vida y del momento histórico del país. En efecto, desde 1975, el actor lo ha realizado en numerosas versiones, y como los inolvidables cómicos de la legua en aquellas caravanas interminables que buscaban llevar entretenimiento a los diferentes pueblos, el artista paseó este maravilloso espectáculo en cada localidad de Argentina y también por diferentes regiones del mundo.

En la categoría de “clásico”, este unipersonal lleva el aliento del fuego sagrado del arte y la vida misma. Y en él se dan cita una amalgama de situaciones como recuerdos imborrables: familiares, personajes, postales de la infancia, de la adolescencia, el barrio, la escuela, la universidad, el teatro independiente, los problemas de salud, la incomprensión, la dictadura, la censura, la muerte, las divisiones y el volver a vivir. Pepe Soriano con su silla y una guitarra y los recuerdos, una y otra vez presentes, nos invita a formar parte de esos mundos tan suyos como nuestros.

En esa intimidad de espacio y sentimientos, el artista nos lleva a recorrer la vida misma y se dan cita la pasión por la profesión, el desarraigo, el paso del tiempo, la nostalgia y la locura. Todo enmarcado en ese puñado de evocaciones que adquieren el valor de la trascendencia, de la actitud humana, del gesto, de la solidaridad, de la amistad.

El actor, como acotábamos, nos traslada como una suerte de guía por laberintos propios de la condición humana y, como el Dante, nos ubica frente a esos sinuosos y complejos estadios de la alegría, el dolor, la felicidad y el sufrimiento.

Se hacen presentes también los compañeros de ruta, aquellos queribles amigos de buenos y malos momentos, capaces de construir muros impenetrables de contención contra la angustia, la tristeza y la pena. La vocación y el valor que encierra cada paso de la profesión. Pepe reflexiona sobre los personajes y también sobre la vida y la muerte.

También se da cita el aporte de los grandes poetas, aquellos vates que con su pluma y espada arremetieron contra la ignominia del mundo y contra la injusticia. Esos mundos pequeños pero nuestros son recreados magistralmente por la composición de un actor que nos permite ser testigos de uno de los momentos culminantes de la escena nacional.

Y este Loro aggiornado a ciertos capítulos de la historia que nos toca vivir nos invita a reflexionar, insistimos, sobre aquellas necesidades imperiosas de la condición humana: la tolerancia y la solidaridad. En ese abrazo y pedazo de pan que el actor reparte a cada uno de los espectadores hay un verdadero símbolo de acercamiento y hermandad, en tiempos precisamente donde los odios, las divisiones y las grietas entre hermanos y amigos están, parece, más afianzados que nunca.

Y es el gran Pepe Soriano quien, con sus jóvenes 88 abriles, nos da desde el escenario generosas clases de arte y de vida. Ubicado en el sitial de los grandes “próceres” de nuestros escenarios como Enrique Muiño, Francisco Petrone, Pepe Arias, Arturo García Buhr, Alfredo Alcón, don Pepe nos sigue sorprendiendo con la magia y la belleza, ayudándonos a entretenernos, a pensar y a ser mejores personas. En definitiva, esto es teatro y es la vida misma.