@Rfilighera

El dramaturgo norteamericano, David Lindsay- Abaire propone en “Lo que nos une” un viaje introspectivo hacia la profundidad del alma. Una mirada íntima y dramática pero serena al fin de las relaciones, de los conflictos humanos. Aquellas situaciones que ponen en jaque a los mortales casi al borde del abismo. En definitiva, observamos a personajes como en una suerte de espejo virtual, en el que nos podemos ver reflejados de la misma manera que cualquier hijo de vecino.

La historia está centrada en el matrimonio constituido por Gabriela Toscano y Germán Palacios, quienes acaban de perder a su hijo de 4 años en un accidente callejero que ha marcado sus vidas en un antes y después. En esta amalgama de emociones aparecerán en escena la hermana del personaje de Toscano, Maida Andrenacci, y la madre de ambas, la emblemática Solita Silveyra. También hace su aparición el adolescente que tiene protagonismo en el trágico episodio vial, rol a cargo de Tomás Kirzner. Para el matrimonio en cuestión, la vida parece haber llegado a un punto sin retorno. En los interiores de esa amplia casa la tristeza, el dolor, la melancolía parece haberse apoderado de cada uno de los rincones.

Las heridas continúan sangrando como en una cascada que no admite tregua alguna. En torno a este panorama, ella es la que no admite salidas ni duelo posible ante tamaña pérdida. Los caminos se han cerrado, no hay vía de escape ante la encrucijada que marca ese destino. El hijo de ambos, aunque no se visualiza, permanece en el devenir del mundo cotidiano de ese matrimonio. La madre lo rescata de manera permanente; el padre, en cambio, parece apostar, en primer término, a que el dolor se convierta en algo creativo, en circunstancias más benévolas, aunque nada es lo que parece ser.

El lleva la procesión por dentro aunque su grito ahogado deviene de un acto de responsabilidad que lo hace sentirse, inevitablemente, culpable. La obra nos instala en un clima de permanente opresión para sus personajes. Sin embargo, ellos tratarían de encontrar el territorio de la redención, aunque no lo demuestren El cuadro interpretativo tiene un marco de excelencia que impacta desde el vamos.

Gabriela Toscano, impecable en su composición, nos regala a esa madre torturada que no encuentra consuelo en su camino existencial, lleno de piedras y obstáculos. Un trabajo para recordar. En tanto, Germán Palacios, el padre, parece ser la contracara de su esposa, trata de aminorar el dolor y hacerlo creativo en la esperanza. Una composición dramática rigurosa y equilibrada en aquellos pasajes de mayor hondura emocional. Por su parte, Maida Andrenacci, la hermana del personaje de Gabriela, embarazada, apela a otra visión de la vida, más descontracturada, más abierta a caminos por descubrir, en la búsqueda de un destino, probablemente, incierto, pero muy concreta en la solidaridad, en los lazos filiales.

La madre es, sin lugar a dudas, una de las piezas clave en el derrotero argumental. Solita Silveyra, en la vuelta a los escenarios teatrales (decisión que aplaudimos), se envuelve en la piel y espíritu de esa mujer con un pasado, en alguna medida, también doloroso. Plasma un ejercicio de la actuación que nos congratula con el arte y la sensibilidad.

" La obra nos instala en un clima de permanente opresión para sus personajes"

Finalmente, para resaltar, el debut teatral más que auspicioso de Tomás Kirzner. Superó un complejo casting para el abordaje de su personaje y fue suyo. Se desprendió del vínculo sanguíneo-empresarial con su padre (Adrián Suar) y apostó a méritos propios. Su parlamento, con el escenario a oscuras, él solito con su alma y frente a la inmensidad de la platea, puso en evidencia que corre por sus venas una intensa garra interpretativa.

El elogio de la posdata recae, punto más, punto menos, en el hombre que les da movimiento y corazón a sus “marionetas”. Carlos Rivas hizo una puesta a partir de un material que enriqueció con oficio y pasión. La lección del maestro.