@Rfiliguera 

Rafael Bruza, santafesino de origen, es uno de esos cuasi desconocidos artistas para el gran público pero con un aporte de importancia en el desarrollo de la escena teatral contemporánea.

En efecto, como actor ha puesto su impronta en ese singular opus mayor de Mauricio Kartun que es "Terrenal"; en calidad de director: "Maratón", de Ricardo Monti; "El desatino", de Griselda Gambaro, y "Actores de provincia", de Jorge Ricci, entre otras producciones; mientras que como autor se pueden citar los siguientes títulos: "El encanto de las palabras", "El cruce de la pampa", "Tango turco".

En esta línea, se acaba de conocer en el Picadilly su obra "Rotos de amor", con la dirección de Andrés Bazalo y un elenco de primer nivel: Pepe Soriano, Gustavo Garzón, Víctor Laplace y Osvaldo Laport.

Cuatro compañeros de trabajo, cuatro historias, cuatro penas de amor. En el marco de un escenario marcadamente minimalista, la presencia de cada uno de ellos es lo que aporta la acción a la palabra de Bruza y, en este sentido, se le da forma a un rompecabezas donde cada una de las piezas va a converger en diversos puntos en contacto: aquellos referidos al amor, la traición y los verdaderos sentimientos.

Los cuatro personajes en sí cuentan con desarraigos afectivos; incomprensiones y situaciones de amor no correspondidas que fueron lesionando la humanidad emocional de cada uno de ellos. Son seres sencillos, frágiles, ambivalentes y temerosos. La pérdida y la búsqueda de ese amor real o inasible es lo que los lleva a desesperanzarse varias veces, pero también a resurgir, en medio de las cenizas, como el "ave fénix".

Y como para cualquier actividad humana, si el amor se encuentra presente, el organismo físico y mental de cualquier mortal sobre la tierra obra de manera más potencial en todas sus posibilidades y recursos. Con una dinámica sobre el escenario que muchas veces elude el rigor naturalista para insertarse en los caminos del grotesco y en la pintura de personajes costumbristas, "Rotos de amor" se inscribe por las situaciones y las características de sus criaturas en la escuela argumental del querido Oscar Viale.

Y con esos metales preciosos para modelar nos encontramos con cuatro orfebres de la actuación, decididamente notables: Soriano, Laplace, Laport y Garzón, quienes nos regalan un material único de reflexión y entretenimiento y que nos permitirá divagar, una vez concluido el espectáculo, sobre esa gran encrucijada y ese misterio que son los sentimientos.

Al fin y al cabo, esos simpáticos personajes que animan los intérpretes en cuestión son almas humanas que podemos encontrar a la vuelta de la esquina, absolutamente reconocibles todos. Como los payasos en la filmografía del maestro Ingmar Bergman, ellos sienten la imperiosa necesidad de arrancar una sonrisa para ocultar, seguramente, intensas y emotivas situaciones personales. No se dan por vencidos, luchan contra los molinos de viento, más allá de estar rotos de amor.

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