@Rfilighera

La emoción parte desde los primeros minutos de la historia. Estamos ante la presencia de dos personajes en pugna. Se narra la historia entre un envejecido asistente personal y un actor especializado en el reportorio de Shakespeare, abrumado por el cansancio y el trauma de un devenir histórico conflictivo.

Como los cómicos de la legua, la compañía en cuestión va recorriendo diferentes puntos de Gran Bretaña durante el curso de la Segunda Guerra Mundial. Entre estallidos, muertos, hambruna y conflicto social, la historia se centra entre un actor (Bonzo) cabeza de compañía y Norman, su fiel lacayo dispuesto a complacerlo en todo momento y a soportar, por otra parte, sus ataques de maltrato permanente.

Los tiempos históricos que se viven son complejos; la humanidad se debate entre libertad y autoritarismo; fascismo, nazis y en la otra vereda, las fuerzas aliadas. Las bombas azotan sin piedad en cada una de las regiones que se visitan. El teatro es un salvoconducto para evadirse, aunque sea por un par de horas. A la gente común le devuelve el oxígeno de la vida, la posibilidad de meterse en vidas ajenas; es el teatro universal que retrata las debilidades, el odio y las frustraciones de la condición humana.

Ese actor es el encargado de plasmar en cada una de las funciones todo ese universo apuntado, Shakespeare mediante, y lo hace con su cuerpo y alma, apuntalado, como decíamos, por un humilde servidor.

Jorge Marrale y Arturo Puig - "El vestidor"

“El vestidor”, la obra de Ronald Harwood, nos introduce con emotividad en los interiores de universos en los que nos sentimos plenamente identificados, como cualquier mortal sobre esta tierra. Y lo impecable de este relato es exponer a dos personajes que en ese camino de piedras, rosas y espinas, sufren, al abandonar el escenario, similares laceraciones, oprobios, miedos e inseguridades que su majestad: la platea.

Tanto Bonzo como Norman constituyen desde su interior otra historia, tan rica, especial y extenuante como las que plasman en ese espacio vacío, único e intransferible, que es el escenario.

Los artistas, esos incansables trashumantes del juego de la vida, transitan la tragedia del hecho cotidiano desde su propio interior y la proyectan en su oficio, en el duro aprendizaje de sus personajes e historias. Bonzo y Norman exponen este juego, en definitiva, de poder y goce, de placer y sufrimiento. Es uno de los rostros de la condición humana.

La ficción encuentra un verdadero correlato con la realidad: la fantasía, los sueños, el drama, la risa y las lágrimas se confunden entre escenario y platea; forman parte de un territorio común, en definitiva, que alberga a todas las almas. No obstante, el teatro se honra (y con plena razón) de poner en movimiento a ciertas marionetas: tan frágiles, tan cercanas, tan efímeras y trascendentes como nosotros mismos.

En el plano actoral Jorge Marrale (Bonzo) y Arturo Puig (Norman) exponen inolvidables composiciones desde la técnica y la emoción. En tanto, las compañeras de elenco, Gaby Ferrero (esposa de Bonzo), Ana Padilla (la productora) y Belén Brito (la actriz joven de la compañía) llevan a cabo eficaces aportes interpretativos en el armado de este seductor entramado.