El ya legendario Niño mimado de España, Raphael, volvió a presentarse en Buenos Aires y demostró que la vigencia de su arte y poder de convocatoria sigue, no solamente indemne, sino dotado de una fuerza arrolladora que produce emoción e impacto. Desde el vamos, Miguel Rafael Martos Sánchez (nacido en Linares, provincia de Jaén, España, el 5 de mayo de 1943) realizó un espectáculo acorde con sus convicciones más profundas: volcarse de lleno a esas historias tan caras a su derrotero artístico.

La salida de la estrella al escenario se constituyó, por otra parte, en una verdadera explosión de afecto; ovación que se trasladó durante varios minutos ante ese intérprete que, con su particular vestimenta en negro, generó capítulo decisivo en la canción melódica.

El saludo de Raphael se proyectó como un abrazo inconmesurable ante ese público fiel de su estilo y predicamento más íntimo. “Infinitos bailes”, “Aunque a veces duela”, “Loco por cantar”, “Mi gran noche”, “Ella”, “Somos” y “Digan lo que digan”, uno de los himnos fundamentales de su trayectoria, fueron poniéndole calor a una noche marcadamente destemplada en nuestra ciudad. Y es que Raphael, precisamente, forma parte de esa galería de artistas únicos e insustituibles.

A través de dos pantallas, ubicadas en las esquinas del escenario, se pudo apreciar, con rigurosidad de detalle, el conocimiento del oficio y la técnica del cantante pero, por sobre todo, el manejo de situaciones, que pocos elegidos, lo consiguen. La plasticidad del Niño, sus gestos faciales, sus movimientos de manos que acompañaban parte de su figura, iban delineando ese terreno energético que el intérprete maneja con puntual eficacia. Una y otra vez es necesario resaltar el factor-tótem del artista, aquel que precisamente está vinculado con esa usina generadora de climas. Raphael cuenta sus historias y les imprime musicalidad. La pátina del goce y del placer cede lugar, en cuestión de minutos, a la preocupación, al dolor, a la sinrazón y a la angustia.

Otros temas como “Provocación”, “Por una tontería”, “No puedo arrancarte de mí”, “Adoro” y sus emblemáticos “Gavilán”, “En carne viva” y “Escándalo” fueron jalonando items inolvidables del recital que también tuvo un tributo a la música ciudadana con “Malena” y “Volver”, momentos de singular factura creativa. La puesta de luces y el grupo musical que acompañó al artista, impecables.

Con sus pujantes 75 abriles y una capacidad vocal notable (el recital se extendió durante más de dos horas sin intervalos), Raphael volvió a dar testimonio de la lección del maestro.

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