@RFilighera

 

-¿Cómo encaraba Roberto aquellos días?

 

-Se levantaba temprano, desayunaba y luego atendía los llamados; leía y almorzaba. Para Roberto el 19 de agosto era muy especial. Era el momento en el que se reencontraba con “sus nenas” y no se lo quería perder por nada del mundo. En los días previos al 19 se lo notaba muy ansioso con la llegada de este momento. Ese día, como consigné antes, se levantaba temprano, desayunaba (jugo de naranja exprimido, galletitas sin sal con mermelada y ensalada de frutas) y miraba el noticiero. Desde temprano en Crónica TV transmitían imágenes de lo que pasaba afuera del paredón y, entre risas, nos preguntaba si estábamos preparados para “la batalla del 19”. Recuerdo que ese día solía ser muy agitado, había muchas cosas por hacer y, por lo general, no se almorzaba; más bien se picaba algo rápido. Preparaba la atención con las chicas, entonces, tenía un almuerzo frugal y dormía una siesta.

 

-¿Cómo se organizaba la preparación de esa fecha?

 

-La preparación del día se planificaba con antelación. Dos días antes Rober llamaba a Pablo, mi hijo, y a Julio, que era la persona que se encargaba del mantenimiento de la casa, con el objetivo de darles algunas indicaciones. Les decía, por ejemplo, si tenían previsto instalar el alargue (cable) más extenso y que tenía alrededor de unos cuarenta metros, debido a que tenían que enchufar los parlantes en el sector ubicado arriba del paredón, para que de esta manera, cuando Rober usara el micrófono, se escuchara bien. También le recordaba a Julio que asegurara la tarima donde iba a pararse, pero Julio, después de tantos años de trabajar con él y compartir sus cumpleaños, ya lo hacía prácticamente de memoria. Y a Pablo le pedía que llamara a Alfredo Páez, “Mosquito”, el encargado de su seguridad en sus espectáculos y de su custodia cuando tenía presentaciones o viajaba, para organizar y coordinar todos los detalles. Desde temprano Julio y Pablo preparaban la “tarima corralito”, que se ponía en la vereda delante de la puerta de entrada, y donde después Rober se paraba cuando salía a saludar. En la puerta se instalaba un cartel indicando el horario en que él saldría, generalmente lo hacía a las cinco de la tarde y luego al fin del día volvía a salir, otra vez, para agradecer tanto amor prodigado.

 

-La intensidad de esas horas se hacía notar, seguramente, de manera preponderante.

 

-Es verdad. Cerca del mediodía llegaban Alfredo y las otras personas de seguridad que siempre lo acompañaban en los shows y ellos se encargaban de organizar todo aquello referente a lo que iba a llevarse a cabo en la vereda porque ya, a esa hora, desbordaba de público. Alfredo, entonces, hablaba con “las nenas”, lograba que formaran una fila más ordenada y les entregaba números para el momento que les tocara ingresar al esperado encuentro con Rober.

 

-¿La atención con las “nenas” se daba en un sector puntual de la casa?

 

-Una vez que estaba todo listo, Rober salía a saludar y agradecer a todo el público que se había reunido frente al paredón. Normalmente, para esta fecha, el clima era demasiado inclemente, algunas veces llovía y hacía, por otra parte, mucho frío; no obstante, así y todo, siempre había una multitud esperándolo afuera. En 2005, por ejemplo, lo festejó el 5 de noviembre porque el 19 de agosto estaba internado en el IADT, y fue un espectáculo impresionante ya que había fans hasta subidos a los árboles; la calle Beruti estaba cortada y la esquina con la avenida Yrigoyen también; incluso frente a esa movilización multitudinaria la policía disponía un operativo para ordenar todo el tránsito. Rober salía a eso de las cinco, agradecía y luego empezaba “la maratón de fotos”, como él señalaba muy divertido. En tanto, Mosquito Páez hacía pasar a las “nenas” y los “nenes” por orden (por eso se daban los números previamente), en grupos que no excedían más de cuatro personas.

 

A lo que agregó: “Pasaban al ‘locutorio’, como había bautizado Rober a ese sector de la casa, lindante con la puerta de entrada, una especie de jardín de invierno muy pequeño. Él las aguardaba allí, y le había puesto, insisto, ‘el locutorio’ porque era el espacio donde charlaba con sus ‘nenas’. Entonces, iban ingresando de a pares; se saludaban, se sacaban una foto, conversaban un ratito y se reían mucho. Rober, a todo esto, contrataba un fotógrafo para la ocasión y les enviaba a las “nenas” el material fotográfico a sus respectivos domicilios. Una vez que terminaba, ya de noche porque se sacaba cientos de fotos, volvía a salir para agradecer. Dicha circunstancia lo emocionaba mucho, por el amor que recibía y por la hermosa fiesta que sus fans le regalaban durante todo el día, por eso decía que era ‘la batalla del 19’, y él terminaba extenuado pero sumamente feliz”.

 

-¿Qué sucedía luego, Olga?

 

-Una vez finalizado todo este “ritual”, entre las 20 y 21 nos reuníamos en la cocina comedor con todo el “equipo”: Pablo, Julio, Mosquito Páez, el fotógrafo y su asistente, Iván Guevara, su kinesiólogo, y hacíamos un brindis con vino espumante. Luego nos quedábamos en familia; por lo general con mis hijos Pablo y Manuela, mis nietas (Malena y Valentina las hijas de Manu, obviamente todavía no estaba Ema, la hija de Pablo, que nació hace cuatro años) y algunos amigos, como Mirta Carabajal, que siempre le traía la torta. Cenábamos un lunch que le preparaban nuestros amigos Elena y Juan Carlos, de la confitería Las Vegas: se trataba de sándwiches de miga, saladitos, entre otras delicias que a él le gustaban mucho, y después le cantábamos el feliz cumpleaños; soplaba las velitas y volvíamos a brindar.

 

-¿Qué significado tenían para Roberto estos cumpleaños finales?

 

-Para Roberto su cumpleaños era sumamente importante. Yo viví cinco a su lado; todos fueron intensos, pero también distintos por las diferentes etapas de su enfermedad. Era el momento, la oportunidad, que tenía para reencontrarse con sus fans. No quería perdérselo por nada del mundo, incluso en el último cumpleaños que salió, que fue en el 2007, porque en el 2008 saludó a través del portero eléctrico y en el 2009 ya estaba internado en el IADT esperando el trasplante. Los médicos, por un lado, no estaban de acuerdo con que Roberto saliera y se expusiera, porque su enfermedad estaba muy avanzada y su condición física y respiratoria no era buena, sumado esto a su alicaído estado emocional y a las condiciones climáticas desapacibles. Por lo tanto, eran motivos para que él quedase a resguardo. Sin embargo, Roberto con esto no negociaba; sí le pedía a mi hijo que llevara todas las estufas de la casa para que la zona del locutorio estuviera bien calefaccionada y también una reserva de varios tanques de oxígeno. Además, a cada hora debía tomarse la presión y la posible saturación de oxígeno (por eso Iván Guevara, su kinesiólogo, venía, lo asistía, lo controlaba y lo acompañaba). Con estas condiciones es que los médicos se lo permitían; también porque entendían que realmente era algo muy importante para él, algo que realmente lo alegraba y lo hacía inmensamente feliz.

 

 

Garaventa cuidó de Sandro hasta el final.

 

-¿La esperanza siempre estuvo presente en Roberto?

 

-Nunca perdió la esperanza. Yo creo que por eso la peleó de la manera que lo hizo. Él era un enamorado de la vida, una persona con un enorme sentido del humor; siempre estaba riéndose y contándote chistes… era un enamorado de la vida.

 

-¿Había algún lugar de la casa que Roberto prefería de manera excluyente?

 

-Rober utilizaba como lugares de estar la cocina comedor, ya que es un lugar súper amplio y es el lugar donde yo también, desde que él no está, paso la mayor parte del tiempo. Allí charlábamos muchísimo, mientras yo cocinaba por ejemplo, él se traía su notebook y dibujaba, o escribía, comíamos ahí y solíamos hacer sobremesas hasta la madrugada. También en su estudio, donde en otras épocas componía y en el último tiempo trabajaba en su computadora o incluso pintaba, y en la antesala de la biblioteca, en tanto, solíamos ver televisión.