Los Brujos nacieron a fines de los 80 y tuvieron una década de éxito en los 90, cuando el rock nacional volvía a realizar su metamorfosis.

En esa época fueron de los más precursores, y gracias a su caos escénico -siempre se decía que a Los Brujos había que verlos en vivo para entender de qué se trataba su propuesta-, sus disfraces, y un puñado de canciones extravagantes, entre las que se puede mencionar a “Kanishka” como máximo hit, concentraron gran atención por parte del público y de la prensa musical.

Durante más de una década de inactividad, volvieron y editaron un disco de estudio, “Pong!” y el año pasado, en otra frecuencia, realizaron “Brujotecnia”, un disco en vivo en otra frecuencia mucho más calmada que lo que conocemos de ellos.

“Somos inquietos”, comienza a hablar Meeno, su baterista, para intentar explicar la esencia del grupo que se encuentra en eterna formación/variación. Más detalladamente, el músico explica que Los Brujos siempre hicieron su camino. "En los 90, cuando apareció todo 'el nuevo rock argentino', era como un colectivo, un movimiento, y nosotros no nos sentíamos parte de eso, éramos un grupo de rock, y difícil plantarse en alguna posición".

"En los 90 estaba también eso de 'Los Chili Peppers argentinos', la forma de encasillar que había antes, ahora eso no pasa tanto y está buenísimo. El grupo tiene diez mil influencias y después de procesarlas nos queda algo muy particular, cuesta ponerlo en algún lugar”.

Esta noche tocan en The Roxy La Viola Bar de Palermo, para el que tienen pensado un show eléctrico aunque se darán el gusto de “poner algunos matices de Brujotecnia, que son otras versiones pero nos gustó tanto que decidimos sumarlo a los conciertos".

El truco, para Los Brujos en esta nueva era, es mantener la esencia de hace años pero a través de nuevos conceptos. Su música y sus conciertos siempre se vieron como un caos ordenado. Meeno explica que “en los 90 Salían mal muchas cosas mal, cosas que no eran a propósito, y hoy cambió todo. Estamos cerca de empezar a no disfrutar de que nos salga todo bien. Necesitamos que nos salgan algunas cosas mal quizás, porque también se proponía desde ahí, era eso impredecible, no solo para el público, sino también para nosotros. Antes había problemas de horario que nadie respetaba, o cosas rotas, y sí, era un tanto caótico, era otro mundo. Igualmente, lo nuestro en escena era buscado. Sabíamos que hacíamos, pero dentro de ese saber, había un porcentaje de improvisación sobre qué podía pasar en un recital para que nos sorprenda a todos”.