@TomasDV55

Cuando Jack Johnson entró caminando en remera gris, pantalón holgado y ojotas a uno de los dos escenarios principales del Personal Fest en la noche del sábado, y comenzó a interpretar sus canciones, uno podía cerrar los ojos y trasladarse casi por completo a una veraniega tarde soleada en las playas de la Hawaii natal del artista. El músico fue el encargado de cerrar la primera de las dos jornadas que llevó al festival al Club Ciudad en el barrio de Nuñez, en la vuelta luego de algunos años teniendo por sede al Club GEBA.

Ante más de 25 mil personas, el cantautor folk, ex surfista y poeta, recorrió sus más grandes hits en un repaso de su vasta carrera como “Sitting, Waiting, Wishing”, “Banana Pancakes”, “Upside Down” y “Good People”, y aprovechó además para presentar algunos temas de su último disco: “All the Light Above It too”, lanzado en septiembre de este año.

Con una sonrisa de oreja a oreja entre cada canción, Johnson tocó por casi dos horas y le puso el broche de oro a una tarde repleta de música de todo tipo y para todos los gustos, en uno de los eventos musicales multitudinarios más relevantes del año.

En el enorme predio donde tuvo lugar el evento, abundaban los puestos de comida, juegos para toda la familia y representaciones gigantes de los “emojis” del celular, como un pato amarillo sobre un lago, un toro mecánico y un puente en forma de arcoíris. El público presente podía participar de las distintas actividades satelitales a los espéctaculos con la pulsera interactiva que recibía al ingreso.

Previo a la armoniosa voz del músico isleño, en el escenario Huawuei había tocado la banda de pop punk Paramore, que con un sonido renovado tras su disco “After Laughter” -retorno del grupo luego de un recambio de algunos integrantes originales- hizo vibrar a las miles de adolescentes fanáticas que los esperaban con ansias.

Más temprano los grupos nacionales eran los protagonistas: Turf, mostrando “Odisea” su exitoso disco que los trae de vuelta a los escenarios, sin olvidarse de los clásicos (“Magia Blanca”, “Ya no me quiero casar”, “Pasos al costado”); e Illya Kuryaki and the Valderramas, en un show muy especial, debido a que será el último antes de un impasse en la banda, para que tanto Dante Spinetta como Emmanuel Horvilleur puedan enfocarse en sus carreras solistas.

Segunda fecha

La fiesta que desató Los Fabulosos Cadillacs, con un show plagado de clásicos en el que primaron las potentes interpretaciones, y el hechizante concierto de la inglesa PJ Harvey, basado en preciosas performances a cargo de un versátil, intensa y virtuosa banda, fueron los actos destacados en la última jornada del Personal Fest 2017, que había tenido su apertura el sábado, en el Club Ciudad de Buenos Aires, en el barrio porteño de Núñez.

A pesar de tratarse de dos presentaciones que podrían ubicarse en la antípodas por sus características, ambas lograron erigirse el domingo como los puntos más altos de una variada fecha, que en horarios centrales también tuvo como animadores al brasileño Seu Jorge y su particular lectura de clásicos de David Bowie, a los franceses de Phoenix y su pop con aires británicos, y la propuesta electrónica de Fatboy Slim.

Sin embargo, nadie congregó a tanto público alrededor del escenario ni logró tanta efusividad como la banda local, y ninguno provocó el nivel de estupor ante lo novedoso, más allá de su extensa trayectoria, y atractivo de su propuesta como la enigmática cantante inglesa.

A las 20.05 en punto, tal como marcaba el programa que fue respetado a rajatabla durante toda la jornada, gracias a una impecable organización, PJ Harvey hizo su aparición en el escenario Personal, camuflada como una saxofonista más en una banda que, de no ser por la presencia de cuerdas, ingresó como si se tratara de una formación musical de alguna fuerza de seguridad.

Se trató de la introducción de “Chain of keys”, el tema que abrió el set de alrededor de una hora, en el que se pudieron escuchar 16 composiciones que impactaron por el tratamiento vocal e instrumental que la cantante y su banda abordaron.

Frente a un polifacético combo, capaz de echar mano a violines, mandolinas, melotrones, redoblantes y bombos, sumados a las obvias guitarras y a la sección de vientos, PJ Harvey desplegó una performance marcada por una inconsciente sensualidad y el misterio, producto de sutiles movimientos y penetrantes miradas.

Ataviada de negro, con una corta pollera y un chaleco de plumas que resaltaban su extrema delgadez, la cantante alternó voces y saxo, en una actuación en la que realizó particulares lecturas de diversos géneros, tal como quedó de manifiesto en el deformado bluegrass de “The ministry of social affairs” y en la decodificación punk/hardocre de la celebrada “50ft queenie”.

Otro momento aplaudido de la noche llegó con “Down by the water”, el tema con el que PJ Harvey saltó a la fama mundial, con su recordado video acuático.

En tanto, la banda aportaba a la particular voz de la protagonista, que por momentos jugaba con expresivos agudos y en otros recordaba a Patti Smith, aunque con más sensualidad y menos literatura y furia, palmas, percusiones y unos ensoñadores coros, que parecían provenir del confín de los tiempos.
Precisamente, resultó memorable el final con “River Anacostia”, con un cierre a capella, como una letanía coral, en la que la banda a pleno se sumó a la estrella de la noche.

El grado de enamoramiento en el que se sumergieron los presentes se rompió de inmediato con el ska, el dub, los arranques hardcore y los bailables ritmos latinos de Los Fabulosos Cadillacs, que ofreció un show más previsible, aunque no por eso menos efectivo en lo que a grado de disfrute se refiere.

Claro que en este set, de alrededor de una hora y media, no hubo hechizo ni enamoramientos masivos, sino agite, pulso rockero y un mayor despliegue físico, en una seguidilla de clásicos que incluyó “Mi novia se cayó en un pozo ciego”, “El genio del dub”, “Vasos vacíos”, “Demasiada presión”, “Manuel Santillán, el león”, “Siguiendo la luna”, “Matador”, “Mal bicho” y “El satánico Dr. Cadillac”, entre otros.

Afianzada como banda, con el logro de mantener el espíritu de sus inicios pero con un gran nivel de profesionalidad, y con la incorporación de nueva sangre con Floreal Fernández Capello, en guitarra, y Ástor Cianciarullo, en bajo y batería, los hijos de Vicentico y Sr. Flavio, respectivamente, los Cadillacs logran por momentos sonar como una aceitada y potente máquina que fusiona distintas vertientes del postpunk.

En tanto, el protagonismo del cantante deja paso por momentos al despliegue de carisma a cargo del Sr. Flavio y de Sergio Rotman, quien se pone al servicio de lo que la banda necesita a nivel sonoro.

De hecho, sólo con el correr del set, Vicentico logró soltarse y lograr una conexión más fluida con el público, luego de haber pasado los primeros temas enfundado en una capucha, como un colérico boxeador a punto de iniciar su combate.

Hacia el final de la presentación, el Sr. Flavio asumió el rol principal cuando, en un cambio de roles con Vicentico, quien tomó el bajo, se hizo cargo de la voz en “Yo no me sentaría en tu mesa”, para luego cerrar con una interpretación en su instrumento del Himno Nacional Argentino, con un guiño al “Star Spangled Banner” de Jimi Hendrix, la legendaria versión de la canción patria estadounidense, en el Festival de Woodstock.