@Rfilighera

El hombre de la localidad de Perico, provincia de Jujuy, apodado “el Turco”, fue una de las voces más emblemáticas de la historia del folclore nacional con enorme y decisiva proyección latinoamericana. Se cumplen hoy, precisamente, 40 años de su trágica desaparición.

Como se recordará, aquel 1º de febrero de 1978 el artista se había propuesto realizar, cabalgando, una travesía patriótica con partida desde Plaza de Mayo hasta Yapeyú, Corrientes, terruño del nacimiento del general don José de San Martín.

Trasladaba una urna con tierra de Boulogne-sur-Mer, lugar de fallecimiento de nuestro prócer. Esa noche, a poco tiempo de salir, a la altura de la localidad de Benavídez, provincia de Buenos Aires, fue embestido por una camioneta Rastrojero.

El hecho nunca fue dilucidado y generó fuertes hipótesis, puntualmente que había sido un hecho orquestado por la dictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla (ver tema aparte). Cabe señalar que el folclorista, de firme extracción peronista, había desechado la posibilidad del exilio para así continuar en el país con su profesión y afirmando, de manera insoslayable, sus convicciones de libertad y justicia social.

Cursó sus estudios en San Salvador de Jujuy y con su familia luego se trasladó a Salta. Formó parte del grupo Las Voces del Huayra (descubierto por Ariel Ramírez) y luego integró Los Cantores del Alba. Tiempo después decidió continuar el camino en forma individual y, a través de Jaime Dávalos, se contactó con el Festival de Cosquín.

En 1963, sin conocimiento de los organizadores del encuentro, presentó a una joven cantante tucumana llamada Mercedes Sosa. También promovió a otro joven y promisorio intérprete, José Larralde. Entre 1972 y 1974 formó un dúo con el niño Marito, con quién grabó varios discos y realizó importantes giras por todo el país, por España y Francia.

También participó en varios filmes, como “Cosquín, de amor y folclore”, “Ya tiene comisario el pueblo”, “El cantor enamorado”, “Argentinísima” y “El canto cuenta su historia”. En enero de 1978, en ocasión de presentarse en el Festival de Cosquín, el público le pidió una canción que estaba prohibida y que era, precisamente, “Zamba de mi esperanza”.

“Aunque no está en el repertorio autorizado, si la gente me la pide yo la voy a cantar”. Un emblema de coraje y distinción en la batalla por nuestra dignidad. Un artista que llevó bien alto el estandarte de la mancomunión entre arte, música, poesía, tierra y búsqueda social.