Pasó una década, pero las fechas no cierran. En parte el dolor y la nostalgia no nos dejan soltar su voz y su magia, y nos parece que fue ayer, y el resto es sentir que La Negra es eterna. Hoy se cumplen diez años de la muerte de aquella tucumana que se convirtió en la voz del folclore, una de las pocas precursoras entre muchos hombres.

Mercedes Sosa fue ingresada a un sanatorio de Palermo el 18 de septiembre de 2009 cuando una disfunción renal evolucionó negativamente en una falla cardiorrespiratoria. En las primeras horas del 4 de octubre se anunciaba su muerte y con ella el comienzo de una leyenda y un hito de nuestra música.

Era domingo y amaneció nublado. El día no terminaba de aclarar y en las radios de los serenos, las televisiones de los bares y el boca en boca de los trasnochados retumbaba la triste noticia. Después de casi un mes de agonía, Mercedes Sosa murió a la madrugada. La cantora se bajó de los escenarios, del mundo y de la humana contingencia. Dejó su melancolía terrena, hecha del dolor de vivir y de la alegría de cantar.

En Argentina se decretó duelo nacional y desde el mediodía, sus restos fueron velados en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso con el protocolo previsto para los embajadores. Durante toda la tarde y la noche que le siguió, miles y miles de personas se acercaron para darle el último saludo. Pasaron personalidades de la cultura y la política, colegas, pero como muchas veces sucede, por espontaneidad e intensidad, lo más conmovedor estuvo en la gente. Fue el último velorio multitudinario para una artista popular.

Al otro día, el cortejo partió hacia la Chacarita y el último saludo fue cantando. Sus cenizas hoy son parte del aire de Mendoza, Tucumán y Buenos Aires, sus tres patrias chicas.

Miles de personas la despidieron a lo grande. 

Mercedes nació en Tucumán el 9 de julio de 1935, en una familia humilde. Tenía catorce años cuando, bajo el nombre de Gladys Osorio para que sus padres no la descubrieran, ganó un concurso de cantores en LV12. En una peña de Tucumán se enamoró de las canciones de Oscar Matus, compositor de rara intuición y genio particular, con quien se casó y se fue a vivir a Mendoza.

Conocida como “La voz de América Latina”, fue una de las exponentes de la Nueva Canción Latinoamericana. Comenzó su carrera en la década de 1950. Se consagró en Cosquín en 1965 y eso le hizo dar un vuelco a su vida. En 1987 lo invitó a cantar a Charly García. Otra desobediencia que levantó una gran disputa entre favorables y contrarios a la presencia de un “rockero” en el santuario del folklore, tantas veces profanado por los mismos puristas.

Mercedes cantó de todo y todo lo que pasaba por su voz brillaba de una manera distinta e irrepetible.

Hermano (1966), Para cantarle a mi gente (1967), El grito de la tierra (1970), Homenaje a Violeta Parra (1971), Hasta la victoria (1972), Traigo un pueblo en mi voz (1973), A que florezca mi pueblo (1975), además de las obras conceptuales de Ariel Ramírez y Félix Luna, Mujeres Argentinas (1969) y Cantata sudamericana (1972), marcaron la primera etapa de su carrera.

En 1975 la Triple A comenzó a perseguirla. A ella y a otros artistas comprometidos. Por cantar cosas molestas para el poder, fue detenida y exiliada por la dictadura en 1976, aunque su éxito nunca se detuvo.

De la ignominia del exilio volvió en 1982, con una inolvidable serie de conciertos en el Teatro Ópera, que además de augurar la reivindicación de otro ánimo político, cambiaron para siempre la música argentina.

La Negra Sosa incorporó a su repertorio nuevas canciones y las compartió con sus creadores. León Gieco y Charly García, además de Rodolfo Mederos, Ariel Ramírez, Raúl Barboza y Antonio Tarragó Ros, fueron los invitados a esa serie de recitales que quedó documentada en Mercedes Sosa en Argentina, un disco doble que salió después de la guerra de Malvinas, para acompañar el desahogo necesario de un momento bisagra de la historia reciente.

En diciembre de 1984 cantó en el estadio de Vélez Sársfield junto a Milton Nascimento y León Gieco, un encuentro que quedó registrado en el disco Corazón americano y que da cuenta, como también su participación en Abril en Managua (1983) entre tantas otras, de la ambición americanista de su canto. Poco después se dio el encuentro con Fito Páez, del que cantó “Vengo a ofrecer mi corazón”, tema que dio nombre a un disco de 1985; más tarde el rosarino fue productor artístico de Sino (1993). Reconocida en todo el mundo como “la voz de Latinoamérica”, durante la década de 1990 Mercedes alternaría momentos de fulgor y entereza, con otros de melancolía y depresión.

Discos como Mercedes Sosa en vivo en Europa (1990), De mí (1991), Gestos de amor (1994), Escondido en mi país (1996) Corazón libre (2005) afirmaron su inquebrantable compromiso con la canción.

LEÉ TAMBIÉNMurió Fabián Matus, hijo de Mercedes Sosa

En 2009 grabó los dos volúmenes de Cantora, que permanecen como testamento. Luis Alberto Spinetta, Fito Paéz, Liliana Herrero, Caetano Veloso, Teresa Parodi, León Gieco, Pedro Aznar, Charly García, Nacha Roldán, Soledad Pastorutti, Julieta Venegas, Gustavo Cerati, Facundo Ramírez, Diego Torres, Vicentico, Rubén Rada, Luciano Pereyra, Joan Manuel Serrat, Shakira, Jorge Drexler, son algunos de los interlocutores de aquel gran diálogo, con gusto a despedida.

Ganadora del Grammy. 

Este viernes y sábado se realizará un homenaje en el Anfiteatro de Parque Centenario, con entrada libre y gratuita.

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