“Gracias por el apoyo de siempre, la gente que me sigue desde la 'Gasolina' hasta hoy”. “Un saludo a los artistas que están abajo. Yo alguna vez fui ese que estaba abajo viendo el show de mi artista favorito, lo que quiere decir que ustedes pueden estar aquí arriba”. “Hay que apoyar a los nuevos chamaquitos que están haciendo música urbana para que el género siga creciendo”.

Daddy dejó todo arriba del escenario.

Algo no cuadra. Las palabras de Daddy Yankee en GEBA, en su concierto del viernes 15 de marzo, poco tienen que ver con las declaraciones que él y todos los reggaetoneros tiran en sus canciones. “El máximo líder”, “El Jefe”, como se hace llamar, no hace gala en sus palabras entre tema y tema de su liderazgo o jefatura, de que es el número uno. Pero lo es. Existe una ambivalencia que convive, entre el entretenedor que se jacta soberbiamente de su habilidad y el ser humano que no se cree todavía que 17 mil personas canten sus hits a muchísimos kilómetro de la isla de Puerto Rico en la que creció y compuso la mayoría de esos éxitos. El personaje deja espacio para el hombre detrás, y así coexisten.

Cada cual puede elegir con cuál de ellos quedarse o abrazar a los dos a la vez. Daddy Yankee te lleva en su concierto a un viaje por su carrera. “Con calma”, su más reciente single (346 millones de reproducciones en un mes y medio, solo en Youtube), abrió el concierto, con fuegos artificiales incluidos, mucho baile y una fiesta encendida, como si estuviese en su climax. Porque DY, ya sea con sus primeros temas -sonaron “Rompe”, “King Daddy”, “Tu príncipe”, “Yo voy”, “Machucando” y “Mayor que yo”- o los más nuevos -”Dura”, “Shaky shaky”, “Adictiva”, “Despacito”, crea un ambiente festivo de principio a fin. En la lista pasaron “Lo que pasó, pasó”, “Llamado de emergencia”, “Que tengo que hacer”, y un final perfecto: “Gasolina”, “Limbo”, y “Lovumba”.

Con un percusionista, dos coristas, un dj y un tecladista como soporte musical, y una decena de bailarines imparables, Daddy demuestra, desde que sube al escenario hasta que termina su setlist, porque es el máximo exponente de la música urbana. “No existiría un J. Balvin si no fuera por Daddy Yankee”, decía hace algunas semanas el artista colombiano en tercera persona, en los premios “Lo Nuestro”, para explicar que él no sería cantante y no estaría en el lugar en el que está si no fuera por el camino que DY allanó para él y para toda una cultura.

El reggaeton fue prohibido en Puerto Rico en sus inicios, cuando se convirtió en un fenómeno popular en las calles de la isla caribeña. Con excusas sobre su temática misógina y violenta, el género quiso ser excluido, como si alguien pudiese medir qué expresión cultural es correcta o incorrecta. Algo parecido ocurrió en Argentina con la cumbia villera, cuando se quiso tapar a todo un universo que gritaba lo que ocurría en los pasillos de la villa, ya sea malo o bueno, como si no existiese.

Daddy, en acción. 

Daddy Yankee se hizo fuerte en las calles, con el pueblo, y hoy lo escucha todo el mundo, literalmente. Hasta se hicieron estudios para comprender por qué “Despacito” había sido un fenómeno tan global, imposible de igualar.

Supo adaptarse a los tiempos, y evolucionó desde su dembow más duro, cuando tenía aires de dancehall y un flow rapeado sumamente hostil, con tiraderas y peleas con colegas, comenzó a mixturarlo con ritmos más amenos, como el merengue y la salsa, con lo que consiguió su mayor cantidad de hitsy cuando entendió que la base del crecimiento también era la unión con sus propios “contrincantes”, y en los últimos años llegó a los charts de todos los continentes con colaboraciones con artistas pop, y un estilo más romántico.

Daddy Yankee es mundial porque entiende qué le pide su público. DY no se vendió, sino que creció junto a su público, y por eso nunca podrá ser desbancado como “The Big Boss”.