@Rfiliguera

Aquel febrero se estaba presentando en la ciudad de Villa Cañás, provincia de Santa Fe, extremadamente caluroso; las pocas almas que transitaban trataban de protegerse de su majestad el sol, de la mejor manera posible. Empero, los hombres, rigurosamente de traje y con sombrero, soportaban estoicamente el clima y las damas, en tanto, siempre muy elegantes, aportaban sus claras vestimentas y acompañadas de las infaltables sombrillas. Las casas bajas, con sus árboles en la vereda, se convertían en inigualable símbolo de amistad y protección, y aquellas calles con ese aroma a tierra imprescindible exponían una atractiva postal existencial, solamente interrumpida por el vuelo generoso de las palomas.

El clima golpeaba duramente y la llegada de las lluvias se esperaba como necesario oasis de desahogo. Rosa Suárez -nacida en Coronel Pringles- y su esposo José Martínez Fernández, dueño de un comercio de ramos generales, esperaban ansiosos ser nuevamente padres y así agrandar la familia que se constituía, también, con Josecito, de apenas dos años. El vientre de Rosa había aumentado generosamente en los últimos meses; algunos dolores se manifestaban con una puntualidad casi de relojería. Ese día, el 23, Rosa desde muy temprano sintió el presagio del gran acontecimiento: la inminencia de dar a luz, y así sucedió, en definitiva. Fue atendida con la celeridad del caso y a las pocas horas nació María Aurelia (Silvia), sin embargo, los dolores en el abdomen no se atenuaban y continuaban.

La Reina Madre de nuestra tevé sigue vigente. (Crónica / Fernando Pérez Re)

La felicidad vino por partida doble

La partera, con esa enorme sensibilidad para captar el efecto de la intuición, le advierte a Rosa: “Quédese como está, señora, y siga empujando, continúe... siga haciendo fuerza, no pare”… El sudor y los nervios se posesionan en el rostro de la flamante mamá que sigue haciendo esfuerzos sobrenaturales hasta dar a luz, durante espacio de minutos, a otra hermosa bebé, a la que llamarán Rosa María (Mirtha).

El padre, con toda la felicidad del mundo y con la ayuda de la partera, las toma en brazos y no puede disimular un llanto que proviene, lógicamente, de la emoción. Se trataba de gemelas; Rosa a la primera le puso “Gordi”, aunque la lengua en formación de su hermana la transformaría permanentemente en “Goldy”. En tanto, a la segunda la mami la iba a bautizar con el apodo que hasta el día de hoy se convertiría en símbolo emblemático: “Chiquita”.

Por esas misteriosas paradojas del universo, aquellas simpáticas chicas se habían convertido, simpatía mediante, en foco de atracción de Villa Cañás. Resultaba muy difícil poder diferenciarlas, situación que se mantuvo así hasta sus años de juventud. ¿Quién era quién?, en definitiva. Al retomar Rosa su actividad en la Escuela Fiscal 178, las nenas en cuestión serán cuidadas por las hermanas Elena y Bruna Ambrosio, una suerte de madre sustituta por espacio de algunas horas.

Una tímida, la otra extrovertida

Así dadas las cosas, Goldy, de carácter introvertido, y Chiqui, mucho más expansiva, fueron recorriendo esos años maravillosos de aprendizaje y, sobre todo, recordarán con mucho afecto a quien fuera su primera maestra, Clotilde de Giúdice, y a la que ambas hermanas visitarían, ya estrellas consagradas, como una manera de tributarle todo el amor incondicional y la contención que habían recibido durante aquella inolvidable etapa de aprendizaje. Con el paso de los años, la familia se trasladó a Rosario. Precisamente allí Mirtha y Silvia empezaron a meterse de lleno en los vericuetos de la actuación. Luego, en 1936, al morir don José, Rosa iba a cumplir todos los roles: por sobre todas las cosas, el de jefe de familia.

Entonces se produce el traslado de la familia a la gran mole de cemento: Buenos Aires. Destino: Capital, y dada la incipiente vocación de las nenas por el espectáculo, sobre todo Mirtha, admiradora incondicional de Libertad Lamarque y a quien le enviaba cartas, serán inscriptas en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Mirtha confesó que gracias a lo que estudió en declamación, danzas españolas, canto y piano, fueron constituyéndose los pilares fundamentales de su vocación, tanto de ella como de Silvia.

Las nenas, súper inquietas -no podía esperarse otra cosa de ellas-, desfilaron en los corsos de la Avenida de Mayo y en un año fue ungida Goldy en calidad de Reina del Carnaval, y al siguiente, Chiquita, coronada nada más ni nada menos que por el propio presidente Roberto M. Ortiz.

Los martes, orquídeas

Episodio fundamental: mamá Rosa, al enterarse de que en el emblemático programa “Diario del cine” habían llamado a concurso para nuevos valores, hizo el envío de fotografías de las chicas. Fueron citadas ambas para una prueba y la leyenda cuenta que Goldy presentó mejores atributos para la actuación. Así fue que Luis César Amadori las integró como extras para el filme “Hay que educar a Niní”, con la recordada Niní Marshall, y luego vino “Novios para las muchachas”.

A todo esto, Goldy estaba ocupada, luego, en el filme “La casa de los cuervos”. Mirtha, en tanto, contó con una situación fundamental para su trayectoria: la posibilidad de tener un rol de categoría en “Los martes, orquídeas”, junto a su galán Juan Carlos Thorry.

“Haber hecho el papel de Elenita colmó todas mis expectativas”, le dijo Mirtha a nuestro colega Néstor Romano en la biografía que realizó sobre la diva. “Tuve que dar mi primer beso y también, en la vida real. Tener 14 años y poder llegar al estrellato no fue nada fácil”. Fue, entonces, el gran comienzo de Mirtha Legrand en el cine.

En función de conseguirle a Mirtha nuevos y contundentes trabajos, la empresa Lumiton desplegaba todo su arsenal de creatividad al respecto. Así dadas las cosas, Pondal Ríos y Olivari le escribieron a la Chiqui una historia para llevar a cabo con melancolía y sentimiento y cuyo filme se llamó “El viaje” y con un elenco que se completaba con Aída Luz y Silvana Roth. A la par, aprovechando el auge de popularidad que exponían ambas chicas, fueron convocadas por Radio Splendid, una de las emisoras más importantes de ese entonces y, de esta manera, se forjó entonces “El club de la amistad”, con guiones de Silvia Guerrico.

Las mujeres socias del club contaban con un carnet que les permitía comprar en diferentes comercios y asistir a reuniones en las que también estaban las chicas. Después vino “Claro de luna”, el último filme que harían juntas (1942), y en el que Mirtha componía a una muchacha inculta, con poca formación, en tanto Goldy transitaba un personaje que era la contracara de su hermana en la ficción; sensible, inteligente y refinada. Posteriormente, la carrera de Chiqui fue asumiendo mayor protagonismo.

Se casa Goldy

Así dadas las cosas, se fueron presentando filmes como “El viaje” (su último rol como ingenua) y otras producciones con trabajos de mayor enjundia como “Safo” (comprometida labor de Roberto Escalada) y “La pequeña señora de Pérez”, producción por la que recibió varios premios. En tanto, Silvia puso su registro en “El juego del amor y del azar” y “Siete mujeres”, siendo, esta última, su despedida de los estudios cinematográficos. Al poco tiempo, en 1944, Goldy anunció su casamiento con el militar Eduardo Lópina y que se llevó a cabo en la iglesia del Salvador, ubicada en Callao y Tucumán, generándose así un impacto de convocatoria popular impresionante. Chiquita decía al respecto: “El día que yo me case no lo sabrá nadie. A mí no me va a pasar lo de Goldy”. Luego, Mirtha filmó “El paraíso perdido”, un relato de ambiente marino junto con un actor problemático en la convivencia: el español Pedro López Lagar.

Un noviazgo que no prosperó

Esos años fueron y seguirán siendo pasajes trascendentales en la vida de Mirtha. En 1945, la Chiqui (17) conoció a Julio Albar Díaz, un joven militar (19) que desarrollaba la misma actividad que el esposo de Goldy, y con quien mantuvo un noviazgo que se extendió, puntualmente, durante un año. Él vivía en Córdoba, situación que obligaba, muchas veces, a la actriz a trasladarse hacia aquella provincia y, a la inversa, también para el apasionado “Romeo”. Sin embargo, la relación finalizó, y muchos sostienen que, de haber perdurado este vínculo en el tiempo, probablemente, hubiera significado el adiós de Mirtha al mundo del espectáculo, y que por esas raras paradojas del destino se hubiera dado de manera similar que lo que le sucedió a Silvia.

En tanto, Mirtha siempre mantuvo un bello recuerdo de Julio y dicha relación fue mucho más firme que el vínculo que Chiquita había tenido, antes, con el director Carlos Hugo Christensen, probablemente surgido como una especie de sueño de una noche de verano. Con el paso de los años, Mirtha, de manera directa o indirecta, siguió enterada de la vida de cotidiana de Julio, quién falleció en los años ’80.

Y así, de esta manera, la diva fue transitando una trayectoria inolvidable en el ámbito cinematográfico. Su actuación en el filme “Pasaporte a Río”, junto a Arturo de Córdova, fue muy bien recibida por la crítica y el público. No obstante, en 1945 se producirá en su vida personal y artística un hecho trascendental: el director de cine Daniel Tinayre ingresó en su vida.

“¿Quién es esa belleza?”

El realizador francés, que había ido a visitar a su amigo Luis Saslavsky a los estudios cinematográficos en Martínez, encontró a Mirtha en una sala de ensayo y ambos quedaron impactados, el uno con el otro. Daniel le dijo a Saslavsky: “Decime, por favor, quién es esa belleza”. A partir de ese momento, Tinayre quedó superado por un particular embeleso. La primera cita fue en una confitería de Suipacha y Corrientes, y la segunda, en otro emblemático café: La París. Mirtha después viajó a Mar del Plata para pasar unos días de vacaciones luego de realizar “Cinco besos” y próxima a encarar su nueva agenda profesional. En tanto, Daniel Tinayre tenía previsto descansar en Punta del Este, aunque, ni corto ni perezoso, cambió su rumbo y se dirigió a la Ciudad Feliz.

Cuando conoció a Daniel Tinayre, su vida cambió para siempre.

Tinayre se le declaró en la playa

Se trataba de una noche marcada por la temperatura agradable, el rumor de unas olas particularmente serenas, y la arena también se sumaba, en toda su gran extensión, para dar ese marco ideal. Los enamorados habían dejado el auto y se dirigieron a la playa. Habían pasado varios minutos en silencio, oyendo solamente el sonido del mar y esa noche, no podía ser menos, tenían únicamente como testigo a su majestad la naturaleza, es decir, la playa, el mar y toda la belleza de Mardel. Mirtha apoyaba su cabeza en el hombro de Daniel. Sólo se escuchaba, una y otra vez, el mar y la respiración de ambos. Entonces, Daniel decidió que ese era el momento y la circunstancia ideal para expresarle todos sus afectos: con voz firme y de manera terminante, le dijo: “Quiero casarme con vos”. La Chiqui tomó la mano de su enamorado, lo miró a los ojos y le respondió: “Sí, acepto, Daniel... te quiero”.

Trayectoria en pleno ascenso

Y finalmente, el episodio del casamiento tomó repercusión pública. Radiolandia (revista especializada en el mundo del espectáculo) tuvo la primicia y la lanzó en una edición especial. Y esa consagración afectiva se llevó a cabo, entonces, en la boda celebrada el 18 de mayo de 1946. Así dadas las cosas, Rosa Suárez fue la madrina, en tanto José Martínez Suárez (su hermano), el padrino, y Luis Saslavsky se presentó en calidad de testigo. Silvia, radicada en el Sur por ese entonces, no pudo asistir a la boda. Y así, en lo artístico, más allá del amor, Mirtha-Tinayre fueron recorriendo una trayectoria colmada de éxitos y popularidad, en la que Mirtha se erigió como una de las actrices más representativas de nuestras pantallas. Aunque, luego, la capacitación y el progreso en el mundo de la actriz le abrieron la puerta para los tiempos de cambios.

Ya mamá, Mirtha realizó el filme “En la ardiente oscuridad” (1959) y sus roles empezaron a tener un componente dramático de brillo. También para citar “Bajo un mismo rostro” y “La patota”, uno de los trabajos de mayor carnadura humana de la actriz. En tanto, en teatro, Mirtha también llevó a cabo un aporte por demás significativo. Sus trabajos en “La luna es azul”, “El proceso de Mary Dugan”, “Divorciémonos”, “40 kilates”, “Rosas rojas, rosas amarillas”, y una despedida de las tablas a todas luces con “Potiche” pusieron de manifiesto su enorme versatilidad.

Junto a sus dos amados hijos: Danielito y Marcela.

“En un principio me parecía disparatado”

Al finalizar el ciclo “Sábados de la bondad”, Alejandro Romay, en 1968, citó a Mirtha y a Daniel Tinayre a su despacho de Canal 9. Romay le preguntó a Mirtha qué le interesaría hacer en la pantalla chica. Mirtha, sin dudas, dijo que se sentía capacitada para conducir un ciclo televisivo, a lo que Romay aseveró: “Yo pienso como vos”. En un principio se iba a llamar “Cita con las estrellas”, aunque luego se determinó un título que iba a signar los tiempos históricos en la pantalla chica: “Almorzando con Mirtha Legrand”. En un primer momento, la Chiqui se consultaba a sí misma: “Desde el vamos, me pareció algo disparatado. ¿Se podrá almorzar y al mismo tiempo conversar? ¿No crearía un verdadero problema? Me pareció algo muy loco... No sé cómo ni por qué, luego me convencieron”.

Y así comenzó una leyenda (4 de junio de 1968) que perdura hasta hoy, reemplazada en la actualidad por su nieta Juanita Viale debido a la emergencia sanitaria y presta para volver en el momento que indiquen los acontecimientos. En definitiva, una labor que, seguramente, no cuenta con antecedentes en ninguna región del planeta. Mirtha cumplió 50 años con este ciclo y Mirtha va por más. Aquí y en Mar del Plata, en definitiva, en el lugar donde ella decida, la leyenda siempre va a continuar, capullos de rosas mediante.

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