@RFilighera

¡Felices 95 años, maestro! Hoy es un día especial, de enorme magnitud artística y humana para un personaje único dentro del espectáculo argentino y para varias generaciones de chicos que lo siguen admirando y descubriendo como uno de sus ídolos. En efecto, el legendario Carlitos Balá celebrará, junto con Martha, su esposa e incondicional compañera de ruta, un nuevo año de vida, sólo opacado por estos tiempos de cuarentena, encierro y coronavirus. Sin embargo, el espíritu del sensacional cómico no decae y se encuentra muy expectante por retomar su actividad artística, siempre de la mano de Panam, su querida socia en este tramo de su trayectoria.

Como señalábamos, junto con Martha y en línea telefónica con sus hijos, Balá celebrará este acontecimiento -torta y sándwiches de miga mediantes- acompañado de grandes recuerdos y las emociones que signaron una carrera de particular vuelo creativo. ¿Tendrá Carlitos alguna fórmula en especial -más allá de los achaques propios de su edad- para generar esa vitalidad y energía positiva? Seguramente, es esa disposición para hacer reír a los chicos, muchos de ellos hoy padres y abuelos, y porque, además, la risa es sanadora y nos transporta a mundos de deseos y quimeras.

Pero ¿cómo es hoy un día en la vida de Carlitos? Se levanta temprano, desayuna, mira algunos de los filmes clásicos que posee de su archivo personal (preferentemente del género bélico), almuerza, duerme una siesta y, luego, retoma su actividad. Uno de sus incondicionales gustos -antes de la cuarentena- es ir a tomar un café por la Recoleta con Maxi Marbuk, su jefe de prensa, amigo y "nieto postizo", tal como lo adoptó Carlitos, y generar, desde su departamento, en esas cuadras que realiza, el afectuoso contacto con la gente que se le cruza en el camino. Conversa con los más pequeños, hace chistes y se saca fotos, en consecuencia, con sus seguidores de antes y de ahora.

Hace poco, Carlitos filmó una publicidad en la que saludaba a muchas personas. Cuando observó que eran más de 60, llamó al director y le dijo. "Pibe, traéme, por favor, un micrófono, que les quiero cantar una canción", a lo que el realizador le acotó: "No, Carlitos..., no hace falta".

"¿Cómo que no hace falta?", subrayó el ídolo. "Sí que hace falta, primero, porque es mi trabajo y, además, porque les quiero agradecer que estén acá; les voy a regalar una canción, de lo contrario, no sigo".

Acto seguido, cantó uno de sus emblemáticos temas. Ejemplo insoslayable de su don de gentes, su calidez y su generosidad humana. Es, en definitiva, el mismo Carlitos que en sus comienzos artísticos se subía a la línea 39 de colectivos y les ofrecía a los pasajeros un pequeño show que ya lo mostraba como un incipiente cómico en pleno ascenso. Era la década de 1950 y él contaba con 20 años y una vocación que se afianzaba, cada día más. "Hasta mi último día lucharé por subir a un escenario y devolver el amor que yo vengo recibiendo hace 60 años". Declaración de principios de un artista que, magia mediante, nos traslada, más allá de los años transcurridos de nuestras vidas, a ese territorio tan querible y siempre presente como lo es la infancia.

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