@Rfilighera

Verano de 1988 en Mar del Plata. El Negro Olmedo acaba de cumplir, probablemente, una de las temporadas más exitosas de su trayectoria. Había plasmado, en teatro, su obra “Éramos tan pobres” y en marzo se iba a estrenar su filme “Un terceto peculiar”, junto a su socio artístico de toda la vida, el Gordo Porcel.

Sin embargo, aquella mañana del 5 de marzo del citado año, todos los argentinos nos encontraríamos con la impactante noticia de su trágica muerte. El hombre que hoy es mito tuvo una trayectoria que comenzó desde la humildad propia y del hecho consciente de que había que generar grandes esfuerzos para encontrar un lugar meritorio en la vida y en cualquier profesión.

En mayo de 1955 ingresó como operador al entonces Canal 7 a instancias, precisamente, del emblemático director Pancho Guerrero. Y fue en el programa “La troupe de TV”, en el que participaban María Esther Gamas, Noemí Laserre y Tincho Zabala.

Por ese entonces, Olmedo, en términos concretos, era aquel muchacho tiracables, comenzando, de esta manera, una actividad desde el conocimiento más elemental. Así se fue forjando el progreso. Y luego, vendría Joe Bazoka, su primer trabajo artístico, y después, en Canal 9, nada más ni nada menos que su gran creación para chicos: el Capitán Piluso.

 

Como se recordará, estaba acompañado de su inseparable escudero, Coquito (Humberto Ortiz), con su particular vestimenta de marinero. Después se darían cita “Operación Ja Ja”, “Un verano con Olmedo”, “No toca botón”, “Las 36 horas de Olmedo”, a beneficio de la Casa Cuna y el Hospital Argerich.

También se fueron presentando otros ciclos como “El chupete” y “Fresco y Batata”. En el teatro de revistas y junto a su socio Jorge Porcel encontraría también un capítulo de singular valía en su derrotero artístico. Pero la citada sociedad alcanzó, indudablemente, mayores registros de popularidad y efectos mediáticos con la incursión de ambos en el cine, haciéndolo para la empresa Aries.

“A los cirujanos se les va la mano”, “Los caballeros de la cama redonda”, “Las turistas quieren guerra”, “Maridos de vacaciones” y, probablemente, su capolavoro: “Mi novia, él”.

En tanto, sus personajes adquirieron particular renombre en el terreno del humor. Chiquito Reyes, el Manosanta, Rucucu, el sobrino de Borges, el dictador de Costa Pobre pusieron el registro de un humor inolvidable para un público siempre mayoritario. 

El día en que Argentina lloró al Negro

Aquella trágica madrugada del 5 de marzo de 1988 el capocómico cayó desde el piso 11 del edificio Maral 39. La tapa de “Crónica” matutino tenía en su titular “¿Suicidio o accidente?”. Todo era confusión y desasosiego. La información llegaba a borbotones pero nada en concreto. Sin embargo, testimonios de aquel año habían puesto de relieve el desenfreno de una noche muy especial.

Alberto Olmedo tenía 54 años y festejaba su reconciliación con Nancy Herrera, mucho más joven que él, coronada por la noticia de un embarazo. Superado por el alcohol y la droga, el actor se encaramó en la baranda del balcón y al perder equilibrio quedó en el lado que daba al exterior y fue sostenido, por segundos, en un intento de enorme desesperación, por su pareja, quien finalmente vio vencidas sus fuerzas.

En consecuencia, la terrible caída al vacío y una muerte absurda y sumamente dolorosa que causó una enorme pérdida en el mundo del espectáculo y tristeza sin fin en el enorme caudal de seguidores del intérprete que, luego, fue redescubierto en sus dotes actorales por numerosos periodistas que habían renegado de él mientras vivía. Su deceso provocó una profunda desazón. Se convirtió, en consecuencia, en actor de culto y fue recordado no solamente en su Rosario natal, sino también en toda Argentina y en Latinoamérica, donde había generado un importantísimo mercado a través de sus películas.

Las imágenes de su velatorio, en la ciudad que dejó de ser La Feliz por un buen tiempo, eran conmovedoras. Miles de seguidores acompañaron el cajón donde yacía el envase de aquel que habían sabido querer como de su propia familia. Sus amigos, hijos, colegas, autoridades, curiosos: nadie quiso quedarse afuera del último adiós.

Nació el mito

Aún hoy, la leyenda sigue incólume. Y uno de los ejemplos más contundentes de esta situación sigue siendo todo lo que genera el monumento emplazado en su honor frente al edificio Maral 39. Con bancos y un techito que sirve de protección a todos sus fans, seguidores, ocasionales transeúntes y turistas se toman unos minutos de su vida para rendirle tributo al querido cómico Alberto Olmedo. Vecinos del lugar confesaron a “Crónica” que suelen dejar cartas con pedidos diversos.

En una acción de particular similitud con lo sucedido con Rodrigo y Gilda, “San Olmedo” parece resurgir para esos corazones ávidos de paz interior. Otros vecinos (aquellos que peinan canas) aseguran que en ocasión de cumplirse 20 años de la muerte del Negro, en las inmediaciones de la calle Peralta Ramos 3675, domicilio del Maral 39, sucedió algo místico. En dos noches tormentosas de aquel entonces, dos personas “juran” haberlo visto salir del edificio en cuestión, cruzar la calle y playa mediante desaparecer ante la inmensidad de la bruma y un mar particularmente violento e indómito.