@Rfilighera

A los 60 años hace gala de una sensualidad otoñal que muchas jóvenes deben envidiar. Es que a Amalia González, la popular vedette y símbolo sexual de los ‘80 y ‘90, conocida por todo el mundo como "Yuyito", la vida le planteó desafíos en el lugar y la hora justos. Fue así que, de manera impensada, para el público que la vio brillar, hizo un giro fundamental en su recorrido profesional y dejó plumas y bikinis para abocarse a otros objetivos.

Cumpliendo con la cuarentena, destacó que “estoy viviendo junto a mi hija Brenda di Aloy, que conduce el ciclo de tevé online ‘Los 15 mejores’, así que en mi casa tenemos instalado prácticamente un estudio televisivo. En el día a día, desarrollo mi negocio virtual -brinda conferencias motivacionales para la mujer- y estoy asesorando capacitaciones en diversos oficios y ocupaciones. En el mundo doméstico me dedico a la limpieza y a cocinar. Me gusta la jardinería; también le doy espacio a la actividad física y me hago algunos tratamientos estéticos”.

La actriz y emprendedora reflexionó a futuro: “No creo que el mundo cambie tangencialmente a partir de esta pandemia. Entiendo que la experiencia será fundamental y el sistema mismo nos va a producir cambios en la manera de trabajar, de hacer negocios y determinar qué servicios van a ser más imprescindibles que otros. Creo que va a ser necesario, en las escuelas, poner foco en tópicos como la producción y que se abarquen materias vocacionales, sobre el ahorro, la inversión, el ser independiente y el mundo de los trabajos online. Hay que enseñarles a los chicos la autogestión laboral y los efectos de la inversión”.

Lo habló en varias ocasiones, pero no todos saben qué fue lo que motivó a Amalia a cambiar rotundamente su vida personal y profesional. “Yo empecé en la televisión de la mano de Gerardo Sofovich y acompañando a Jorge Porcel en dos emblemáticos ciclos como ‘La peluquería de don Mateo’ y ‘Las gatitas y los ratones de Porcel’. Fue una experiencia hermosa e inolvidable. Ese tipo de humor que se manejaba en los ‘80 y ‘90, después de haber vivido tanta represión de todo tipo durante la dictadura militar, dio lugar a un destape, no sólo de ropa sino de sentirse libre y sin ataduras”, recuerda González.

Y explica: “El cambio obedeció a mis ganas de superación. Yo entendí hace 15 años que el rol de vedette y el exhibicionismo habían llegado a una etapa de ‘colapso’. No tenía que ver con mis sueños y no quise sostenerlo más a costa de mi alegría. Y pagué un precio alto: porque salir de esa atmósfera de seducción implicó sobrellevar muchas situaciones desde lo económico, lo social y de relaciones públicas. Mi casa era mi refugio pero tuve que lidiar, a la vez, con muchas opiniones, muchas críticas, agresiones y burlas. Por esto, me vinculé con gente de fe y comencé a llevar una vida donde mi ser interior es mi prioridad absoluta. Y la oración y mi contacto con Dios me cambiaron la vida”.

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