@Perez_daro

El plan era que se llamase Luis Miguel. Pero terminó siendo Luis Ricardo. Desde su nacimiento fue llamado “Maravilla” por su madre, por lo que el nombre artístico no se alejó casi nada de sus raíces. Es más, su vida artística y sus sueños también se forjaron sobre esas bases. La sangre y el amor maternal lo llevaron al lugar histórico que hoy posee dentro de la música popular.

Ricky Maravilla, casi como presagiando su éxito, un día se preguntó “¿qué tendrá ese petiso?”. En charla con DiarioShow.com lo responde.

El compositor Oscar Arlende y el director de Sony Music, Hugo Piombi, fueron a una confitería para el estreno de “Azúcar, pimienta y sal”, del maestro Héctor Varela. Quiso el destino que Luis Ricardo Aguirre, que tocaba con un grupo folclórico para costearse los estudios en la Facultad de Ingeniería, estuviese cantando aquella tarde como parte del grupo soporte.

“Anderle, que le escribía temas a Sandro, y Piombi me llamaron para que vaya a su mesa. ‘Tengo los temas para él’, le dijo Anderle al empresario. Poco tiempo después estaba grabando mi primer disco. Oscar fue el creador del Ricky Maravilla artista”, relata.

La anécdota continúa con una descripción del paisaje de la época y con un símbolo que lo acompañó toda su vida: superar obstáculos. “Confiaron en mí contra viento y marea, porque siempre fui bajo, y en ese momento estaba de moda Sandro, Palito Ortega, todos altos. Los grupos de moda de ese momento eran todos carilindos. Y yo no encajaba en esa forma. Pero Anderle vio algo en mí, y grabé ‘El gallo y la pata’, que hoy está primero en reproducciones de las canciones de la granja en YouTube”, cuenta Ricky como parte de toda una vida de casualidades y vueltas.

El artista abrió su corazón.
El artista abrió su corazón.

Para entender todo lo que cuenta el cantautor hay que remontarse a su niñez, en los valles de Salta. Al respecto, expresa: “En mi casa siempre había música. Yo perdí a mi papá cuando tenía dos años, es decir, no lo conocí. Y mi mamá, más allá de la tristeza, siempre quiso alegrarnos a mi hermana mayor y a mí. De ahí nació mi forma de ser. Y cuando estaba por nacer, mi papá encontró un papel que vino volando. Era una hoja de almanaque en la que decía ‘Ricardo, sinónimo de valentía, tenaz’. A él le gustó mucho. Iba a ser Luis Miguel, por Martín Miguel de Güemes, el prócer salteño. Pero terminé siendo Luis Ricardo. Y me decían ‘Maravilla’ porque cuando nací la partera me alzó y dijo ‘qué maravilla’. Siempre me siguió ese nombre”.

En su infancia Maravilla fue muy tímido, pero todo cambiaba cuando llegaba un acto escolar: “La maestra me decía siempre que hable más fuerte, porque no me entendía. Cada vez que había una fiesta me invitaban a hacer un recitado para sacarme la timidez, y ahí me transformaba en otra persona. Ahí entendí que mi lugar era el escenario. Aprendí a zapatear malambo y a cantar zambas, entonces me llamaban para todos los actos, era el artista del grado”.

Promesa de vida

“Un día la escucho a mi madre pedir unas monedas para ir a trabajar y me quedó grabado. Cuando volvió del trabajo le dije: ‘Mamá, le prometo que voy a estudiar y la voy a sacar de este estado de pobreza que vivimos, y nunca más le va a tener que pedir plata a nadie. Le voy a comprar una casa con balcón. Voy a ser ingeniero o aviador’”, revela.

Esa promesa inocente se empezó a hacer realidad en el momento en el que, buscando un futuro mejor, la madre de Ricky lo trajo a Buenos Aires, donde terminó la secundaria en una escuela técnica de Retiro. “Me recibí con uno de los mejores promedios. Uno de los profesores me dijo que trabajaba en una empresa naviera y me ofreció trabajo en Australia. Encantado, le agradecí, y llegué a casa para contarle la noticia a mi mamá. Ella me dijo que no iba a volver más y que la iba a dejar sola. Entonces desistí de ese viaje”, asegura.

“El destino da y devuelve todo en esta vida”, le gusta decir al artista. Y no le falta razón. Es que, tiempo después, llegarían “¿Qué tendrá el petiso?” y varios éxitos más que lo llevarían a presentarse en diferentes países y hasta a viajar a Australia, pero esta vez como cantante. Luis Ricardo pudo hacer feliz a su madre y cumplir con su promesa como Ricky: “Mi mamá me dijo un día: ‘Hijito, nunca pensé en verte en televisión; es un orgullo’. Cuando comencé con el éxito pude comprarle la casa con balcón. No siendo ingeniero, pero lo conseguí. Al poco tiempo murió”, cierra tristemente ese capítulo de su vida.

Para el músico, más que suerte, su popularidad tiene que ver con estar en el momento correcto en el lugar indicado. “Me ha pasado muchísimas veces. Soy un total convencido, yo tenía que estar en esa confitería”, dice, recordando aquel primer encuentro con sus descubridores.

También recuerda que el tema “¿Qué tendrá el petiso?” era una milonga que él llevó al éxito gracias a la misma mística fórmula: “Yo venía de una gira y quería descansar. Fui a la compañía discográfica para tomar un café. No sé por qué. Algo me dijo que vaya. Cuando llegué, el productor artístico me dijo que había un hombre ofreciendo letras, pero eran folclóricas. Hablé con Favio Espinosa, que luego se transformaría en mi amigo, y me muestra una milonga campera, con esa letra. ‘Qué tendrá ese petiso, que comenta tanta gente, tiene magia, tiene hechizo, pero dónde es que lo tiene’, cantó, con entonación milonguera. Pasé la letra, y la adapté a mi música y mi forma de cantar. Fui a casa y estuve toda la noche buscándole la forma. Y acá estamos. Eso marcó mi carrera”.

Más allá de esa conjunción de causalidades, Ricky siente que no hay secreto para conseguir reconocimiento. “Cuando estoy en un estudio de grabación me imagino mucho público. Cierro los ojos y cuando es hora de empezar a grabar suelto todo mi caudal de sentimiento, emoción y lo hago de una forma natural. No tomo posturas ni disfrazo mi voz. Lo hago como lo cantaría en la ducha o ante miles de personas. De una forma natural, ese fue el secreto y el de mi permanencia y mi vigencia, ya estoy por los treinta años de mi carrera. Hace poco en una convención de DJ de Latinoamérica, ellos mismos me decían que, cuando tienen la pista planchada, ponen un enganchado de Ricky Maravilla y todos comienzan la fiesta. Es un gran honor”.

Marginación y aceptación


"Mi gran alegría en la música es haber unificado todos los estratos sociales”, dice el cantante, recordando que cuando surgió su gran hit “el público estaba muy dividido, había uno para la música tropical, como mirado de reojo, como si fuésemos de segunda porque era una música de bajo nivel, y otro sector al que le gustaba otro tipo de música. Y en el 90, cuando salió el tema, causó tanta admiración, por la temática, el ritmo y la forma de la letra, que terminaron bailando todos, hasta (aquellos a ) los que no les gustaba la música tropical, que me empezaron a llevar a sus fiestas de alto nivel. De mirarme mal por ser morocho y presentarme último, pasé a cantar en Punta del Este para Amalita Fortabat, la señora Herrera de Noble y todo el jet-set de la época. Mis shows eran el gran evento”, admite.

Recuerda sin rencor aquellos tiempos: “Nos ponían a un lado. Incluso cuando ya éramos conocidos, yo y otros colegas del género. En aquel famoso programa de Mirtha, algunos querían que vaya primero, pero otros dijeron que no, que tenía que entrar último. Me sentí discriminado. A veces uno lo siente, pero sigue intentando romper esas barreras. Por suerte lo logré”.

De un tiempo a esta parte, Ricky está muy involucrado con la producción de temas para niños (ver recuadro) y, a pesar de su vigencia en cada fiesta argentina y del respeto que tanto público como colegas le tienen, aún falta algo en su vida. “No descarto hacer un gran recital. Hay un productor con el que me tenía que reunir en febrero para llevarme a Estados Unidos. Ojalá que, cuando esto se solucione, pueda hacer un gran show en el Luna Park, con amigos y mucha gente, para bailar todas esas canciones que sé que la gente lleva en su corazón”, confiesa.

INESPERADO ÉXITO INFANTIL

Todo padre con hijos pequeños sabe que en algún momento del día verá “las canciones de la granja” en YouTube. Y más de uno recordará que algunos de esos temas infantiles que narran historias de animales los conoce de otro tiempo. Ricky encontró un gran nicho musical muy lejos de las bailantas, en las plataformas digitales.

El cantante explora otra faceta.
El cantante explora otra faceta.

“Siempre lo buscaba y tenía la idea de los dibujos animados, siempre estuvo en mi mente, y vi el resultado hoy, pero me sorprendió la cantidad. Si bien se sabe que en internet todo puede tener una masividad increíble, cuando ves la cantidad de visitas de los hijos... Los padres siempre me cuentan que sus hijos o nietos ya escuchan mis temas, los bailan, y piden más. Ahí está el secreto del éxito”, dice el compositor, que hoy se encuentra en su casa de Buenos Aires trabajando en nuevas canciones para su nuevo público.

“El gallo y la pata”, “El pavo y la pava”, una nueva versión de “Cuidado con la bomba, Chita” y otros éxitos del pasado, ahora son los favoritos de los chicos. Al respecto, revela: “No es fácil llegar a los niños. Creo que siempre hay que irles de frente, y cantarles con el corazón, cosas sencillas, sin muchos arreglos y sin vueltas para decir algo. Mis letras son resumidas, concretas y personales, y por eso muy auténticas, así que esta es la segunda gran sorpresa que recibo gracias a la música”.

UN FESTIVAL IMPENSADO

"El Mosca, cantante de la banda de punk Dos Minutos, era admirador mío. Siempre me decía que era muy ingenioso. En su primer disco grabaron ‘Como caramelo de limón’, que fue un gran éxito. Nos dieron un gran ejemplo de unión”, dice Ricky, que también recuerda otras de sus amistades. “Si bien siempre tuve buena onda con todos mis colegas, porque nunca tomé una postura cerrada ni disfracé nada, siempre me mostré muy auténtico, me sorprendió gratamente que se me acercaran músicos de rock y me demostraran respeto, lo valoro mucho. A pesar de estar en otra onda, Pappo tuvo mucho cariño conmigo, y también Juanse, de los Ratones Paranoicos”.

Tanta fue la buena onda que tenían que Ricky tuvo la gran idea de armar un festival con todos estos grupos. “Hicimos un gran concierto en un estadio de Salta, que estuvo lleno, con Pappo, los Ratones Paranoicos, Dos Minutos y Ricky Maravilla cerrando. Fue una cosa rara, estaban los seguidores de Dos Minutos por un lado, haciendo ese famoso pogo, los de Pappo… Era una pizza separada. Parecía peligroso, pero unifiqué a todos los públicos y no hubo absolutamente un solo desmán. Cada uno disfrutaba a su manera. Los de la música tropical los miraban a los otros chicos con fascinación. Se aplaudió a todos cuando tocaban. Para el cierre, canté ‘¿Qué tendrá el petiso?’ con todos los cantantes. Algo muy hermoso y destacable; son necesarios esos gestos, porque la música es para todos”.

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