@RFilighera

-¿Cómo te definís?

-Me cuesta bastante definirme, aunque siempre digo que soy bastante hermafrodita, desde muy chica. Y que tengo que lidiar con esos dos territorios. Amo pertenecer al género femenino y, por otra parte, siempre llevé en toda mi vida la libertad, la independencia, más el agregado de la autosuficiencia y no depender de nadie, ni siquiera de mis padres, ya que a los 12 años ya ganaba mi dinero. Los demás me dicen que soy magnética. En consecuencia: hermafrodita, libre y para los demás, hipnótica a ultranza.

-¿Qué personas influyeron en tu vocación?

-Supongo que mis padres y mi tía Catalina. Mi papá además de militar era músico, y con él desde muy chica me metí en el universo del pentagrama y a conocer cada una de las notas. Por otra parte, teníamos abono para los espectáculos del Colón y que se desarrollaban en un gran anfiteatro de Agronomía. Paulatinamente, fui conociendo grandes obras: “El lago de los cisnes”, “Coppélia” y, de esta manera, por ellos, toda mi vida estuve muy vinculada al arte en general. En tanto, mi mamá Rosa y mi tía Catalina me llevaron a un concurso de baile del club Unión Argentina en Ciudadela y, sin saber bailar, imprevistamente, me gano un trofeo, el segundo premio de esa competición. Esta circunstancia, luego, es lo que convenció a mis padres a enviarme a estudiar danza. Tenía una necesidad de gestualidad muy grande; entonces, desde chica bailaba, todo el tiempo, frente al espejo. La danza marcó la libertad en mi cuerpo y, también, en mi vida. Y a los 12 años empecé a dar clases de danza en el garaje de casa, en donde tenía un espejo y una barra. Y a partir de ahí, mi independencia económica, ya nunca más dependí de mis padres, ni de ningún hombre.

-Si pudieras, ¿qué juguetes recuperarías de tu infancia?

-No me gustaban los juguetes. Era súper lúdica. Mis padres me regalaron, en una oportunidad, un juego de química y me gustó, pero, en realidad, las cosas que ya venían armadas y explicadas en una caja no me atrapaban. Me gustaba jugar a la actuación: yo hacía de mujer y tenía una amiga, Marta Figuls, que hacía de hombre. Recuerdo que hacíamos, ambas, una representación en la que me moría, cerraba los ojos y no los abría hasta que mi amiga empezaba a llorar. También me ponía almohadones en la panza, como si estuviera esperando a un bebé. Y qué paradoja, después no tuve tanto deseo de quedar embarazada; lo hice, en definitiva, porque se trataba de un especial anhelo de mi esposo Mario Castiglione. Además, me encantaba, a modo de evocación de esos juegos, bailar el disco “Celos” y besarme yo misma frente al espejo.

-¿Cómo fue tu iniciación sexual?

-Mi iniciación sexual fue con la danza. En esto tiene que ver mi actitud de libertad corporal y de autosuficiencia e independencia en la que haciendo un pase de baile denominado “grand écart” (posición en la cual las piernas están alineadas una con la otra y están extendidas en direcciones opuestas formando, entre ellas, un ángulo de 180º) y por lo que me autodesvirgué.

-¿Algún episodio de tu vida que haya marcado un antes y un después?

-El episodio, no tengo lugar a dudas, fue empezar a dar clases, a los 12 años, a alrededor de 100 alumnos. Mi madre me ayudaba a recibirlos y, a la noche, cono consecuencia de esto, me daba una carga de adrenalina impresionante y por la cual no podía parar de llorar. Las clases eran tres veces por semana en donde el ballet, la clase y los alumnos me producían una enorme descarga de la que me costaba ponerle un límite. Era una enorme cuota de responsabilidad para una nena y esto fue lo que marcó para toda mi vida. En lugar de hacer como mucha gente en recurrir a la queja e ir después al analista, yo se lo contaba a mi almohada. Además, a esto le sumaba que al día siguiente me tenía que levantar muy temprano para ir al colegio. La responsabilidad era grande.

-¿Qué sensación tuviste al pisar, por primera vez, un escenario?

-Fue precisamente cuando mi madre y mi tía me llevaban al club que me referí antes. Y cuando le pedí a una amiga, Susana Fabián, y a su madre que me prestara su zapatilla de punta y me la puse por primera vez. Hice todo el baile, entonces, de punta de pie con un tema que no conocía ya que se me había roto el disco de pasta (78 revoluciones) que llevaba y tuve que bailar con un tema que no conocía; entonces, mi mamá y mi tía fueron a la confitería del lugar porque pensaban que iba a realizar un verdadero papelón, y sucedió todo lo contrario: cumplí con la prueba, me aplaudieron a rabiar y obtuve el segundo premio.

-Si tuvieras que encarnarte en algunas de estas mujeres: María Magdalena, Juana de Arco o Alicia Moreau de Justo, ¿a cuál elegirías?

-Una está ligada a la religión y esto no pesa nada en vida; realmente no me podría definir, tampoco, en las restantes. Así que si tuviera que optar por un modelo femenino elegiría a la Madre Teresa de Calcuta: ella decía que el amor es acción y tenía siempre una sonrisa. Aunque si tuviera que determinar algún personaje más puntual, me volcaría hacia la vida de Napoleón Bonaparte por su maestría en la batalla y a (Winston) Churchill por su inveterado humor.

-Situándote frente a un espejo, ¿qué situación o rasgos verías reflejados?

-Cuando me veo frente a un espejo es como que trato de tomar distancia. Entonces me coloco a un metro. ¿Por qué? Cuando ingresé al teatro de revista con cara lavada me maquillaron y me dijeron que me tenía que posicionar como a un metro ya que era tanto el ornamento en la piel que, en consecuencia, debía tener esa distancia para apreciar el trabajo que me habían hecho. El espejo es como una actitud narcisista; en casa, paradójicamente, estoy llena de espejos y no para verme, precisamente. Los espejos tienen un poder refractario de la luz y te iluminan mucho. Por otra parte, me gusta ponerme espejos en la ropa. En una oportunidad, me hice un enterito y una modista me pegó un montón de pedacitos y lucía hermoso, mucho más que aquellas prendas engalanadas con todo tipo de piezas preciosas.

-Le tomamos prestada esta pregunta al inolvidable James Lipton (animador del ciclo de las charlas del Actor’s Studio). Si el cielo existiera, ¿qué te gustaría que te dijera Dios al llegar a sus puertas?

-Me encantaría que Dios me dijera esto: “¿Quién sos? No te registro... ¡Te vas, te vas y te vas!”.

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