@Perez_daro

Es escritor, pero prefiere ser lector. Es lo que suele llamarse un “intelectual”, aunque prefiere no definirse por algunos conflictos que mantiene con la autorreferencia.

El mote que mejor le sienta es el de “conductor”, aunque no se considera líder ni por asomo en “La venganza será terrible”, programa radial donde se afianza en un grupo de trabajo que bien llama “grupo de amigos” y que el pasado 2 de abril cumplió 35 años.

En tiempos de cuarentena, circunstancia que bien puede invitar tanto a la reflexión como a la locura, la opción ideal para compartir una charla, un cuestionamiento de ideas y quizás alguna que otra resolución no puede ser otra que Alejandro Dolina.

“Tengo cierto fastidio, pero en realidad mis temores no son tanto a nivel personal, sino que la preocupación es general. El tema del coronavirus parece muy grave y no veo en el mundo señales de que se esté deteniendo. Ahí es donde reside mi mayor preocupación. Cuando uno se pone a hacer números, tiende al pesimismo”, dice en diálogo con DiarioShow.com, siempre anteponiendo la honestidad en sus palabras.

Sabe que quizás está mal visto no llevar una luz de optimismo en este clima, pero prefiere la verdad o, como él dice, “su” verdad, antes que la demagogia. Por eso, detalla: “Es una preocupación ecuménica, porque en este momento nadie está a salvo. ¿Y cómo se detiene esto? El desamparo es general, e, insisto, si uno se pone pesimista, no hay manera de despertar de esta pesadilla. La preocupación que más me descorazona es ¿quién te dice que las medidas que se han tomado sean suficientes y que, a pesar de todo el trabajo, el virus no pase por encima?".

"Más allá de las diferencias de gestión entre un país y otro, que los que gestionaron bien y los que lo hicieron mal sufran los mismos daños apocalípticos es una duda que me desvela”, monologa sobre el tema.

A corazón abierto.
A corazón abierto.

Suele hablarse de la solidaridad y los buenos valores que surgen en momentos delicados como este. Sin embargo, el escritor también en este punto toma una posición más radical: “Me parece que en las situaciones más extremas se hace más patente el bueno del fulero, la diferencia se acrecienta. Hay tipos que aprovechan el coronavirus para aumentar los precios. Y otros renuncian a ciertas actividades para que no perjudiquen al bien general. De un lado está la reacción codiciosa y del otro, la de la generosidad”.

Alejandro vuelve a analizar el presente y continúa con el ejemplo de los dos bandos: “Otra vez apareció la grieta, tras un breve momento de unión, por la verdadera razón por la que se hicieron un par de cacerolazos hace semanas, así como otras manifestaciones similares, para jorobar a Alberto Fernández. Muchas de las cosas que se están pidiendo ya están hechas o están en marcha, y las otras son de una banalidad tal que revelan la intención verdaderamente política que tienen, en el peor de los sentidos; existe una visión política de la antipolítica”.

Si bien suena contradictorio este pensamiento, lo explica: “Cuando escuchamos que la gente se queja demasiado de los políticos porque no hacen nada, y que se tienen que bajar el sueldo y así se arreglaría el país. Esa es la antipolítica, y cuando comienza ese rumor, es que se está buscando la alternativa. Y en nuestra historia, la alternativa a la política es la dictadura militar o, como tuvimos hasta hace poco, el gobierno de las corporaciones. Ante esas dos posibilidades, yo elijo la siempre la política".

"El general San Martín dijo una vez que el país estaba dividido y que la puja sólo terminaría cuando uno de los dos se impusiera definitivamente sobre el otro. Es decir, hay que mirar hace cuánto tiempo que existe esta pelea. La historia argentina siempre ha tenido dos bandos, hablando esquemáticamente", continúa.

Además expresa: "Y el espíritu de los dos es sustantivo: uno es nacional y popular, y el otro burgués e internacional. Eso después se adjetiva a lo largo de la historia de modo diferente: los partidos y las circunstancias son adjetivos, pero el meollo de la cosa es sustantivo. Casi siempre hay, a través de las generaciones, una herencia de lo que es sustantivo. Así que la grieta existe y cada uno de los bandos tiene su símbolo, sus intereses”

 Como nota que todas sus declaraciones se quiebran hacia el lado pesimista, desde un lado amable habla del porvenir y sus deseos: “En lo inmediato, mi deseo es que termine todo rápidamente para seguir con los problemas habituales de la vida, pero no amenazados con un fusil, como esto. Y por supuesto que vale soñar, es lo que hacemos todos durante toda nuestra vida, aunque no lo sepamos. Soñamos, tenemos ilusiones, como si fuéramos eternos. Y, sin embargo, no lo somos. Solamente cabe aplicar esa norma en este caso particular: soñemos, tengamos proyectos, inventemos, cantemos milonguitas aunque sepamos que somos mortales. Así como sucede en el amor, porque, si uno no sueña, no hay amor. Aunque la experiencia nos diga que en general los amores terminan, se frustran, se diluyen, debemos vivir cada día pensando que es para siempre”.

Su alma tanguera le recuerda una frase que trae a la conversación: “Discépolo decía ‘si yo pudiera, como ayer, querer sin resentir…’. Olvidar, y vivir en la inocencia de sentir que el amor es eterno, eso es. Porque el presentimiento es lo que conspira contra el amor. Uno está con la persona amada y empieza el presentimiento, el conocimiento que uno quisiera no tener: ‘Esto va a terminar’. Y ahí el amor se perjudica”.

Genios e intelectuales

Una vez le preguntaron al escritor uruguayo Eduardo Galeano si se sentía un “intelectual”. “Los intelectuales son los que divorcian la cabeza del cuerpo, yo no quiero ser una cabeza que rueda por los caminos. Ya lo decía Goya: ‘La razón genera monstruos’. Cuidado con los que solamente razonan”, relata.

Alejandro es otro personaje que es considerado por muchos como un intelectual y por otros, directamente, como un genio. ¿Cómo le caen esos términos? “Se suele hablar del intelectual como si esa fuese una profesión que ponés en un formulario. Y el tipo que te dio el formulario te va a mirar con cara de ‘¿vos de qué te la das?’. Uno no tiene más remedio, como persona de buen gusto, que rechazar esa categoría de intelectual, aunque de hecho lo sea".

"Si uno se detiene en las actividades que realiza, yo posiblemente también lo sea. Pero el buen tono aconseja que cuando te pidan que digas una profesión, uno ponga ‘empleado’. Todos somos empleados de alguna manera, salvo algunos pocos que son los dueños del mundo. Por mi parte, yo trato de no definirme, porque la definición achica los horizontes. Te cortás, te sacás pedazos. La respuesta final a cómo uno se define es: ‘Qué sé yo’”, agrega.

EL TRABAJO DE AUTOR

Alejandro Dolina escribió cuatro libros, entre ellos “Crónicas del ángel gris”, y es uno de los autores contemporáneos más vendidos en la Argentina. Su última edición fue en 2012, “Cartas marcadas”, y desde entonces sus seguidores esperan novedades literarias, algo que podrían celebrar dentro de poco gracias a la cuarentena.

“En este tiempo estoy haciendo algo muy significativo, que es terminar de escribir un libro que hace tres años estoy gestionando. Ahora pude encontrar un ritmo de escritura que hace mucho tiempo no tenía. Escribo todos los días un buen rato y a veces hasta con buenos resultados. No sé cuánto estará pidiendo la gente un libro mío, pero la editorial llama a cada rato desde hace tres años para ver qué estoy haciendo”, asegura.

Más allá de poder concentrarse gracias al aislamiento, el artista manifiesta: “No por decisión, sino una reacción de la inteligencia, casi automática, este presente influye en mi escritura. No podría dar una explicación concreta, pero quizás haya una evaluación del peso relativo de los hechos diferente cuando uno se encuentra con asuntos de vida o muerte, aunque las balas te pegan al lado, hay ciertos sucesos de la vida cotidiana que revelan su nula importancia”.

Pero aquí abre otra brecha, porque incluso en tiempos en los que es empujado a escribir, ya sea por dedicación, aburrimiento o necesidad de expresarse, Dolina admite que cada vez le cuesta más esa posición de autor. “Creo que soy mejor lector que escritor, y eso se va acentuando. Soy más astuto para leer y tengo menos ideas para escribir. Lo que voy escribiendo me gusta cada vez menos. Entonces, estoy más apto para la crítica y más inepto para la escritura. Yo, la primera mitad del trabajo, que es leer, la hago bien. Pero para escribir media página me tomo un mes”, termina.

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