Hace años había una ley de pandillas en la ciudad para combatirlas. Si estabas en una pandilla, y algún otro de los miembros disparaba en algún lugar o apuñalaba a alguien, por más de que no te hayas enterado, también eras culpable. Toda esa situación de las pandillas es como en la Iglesia, padre. Tienen sus colores, su sede. Son, en otras palabras, una pandilla. Si usted está leyendo la biblia mientras alguno de su pandilla viola a un monaguillo, usted también es culpable, porque se unió a la pandilla. Así le hablaba Mildred Hayes (Frances McDormand), la madre de una adolescente violada y asesinada, a un sacerdote que quería calmarla por pedir justicia. De eso trata esta película, la búsqueda de culpables, que va más allá de la presunción de inocencia, y de cómo un pequeño acto desesperado puede desatar violencia en toda una sociedad. 

La película comienza cuando Mildred decide poner tres carteles en un acceso al pueblo en los que le pregunta al comisario William Willoughby (Woody Harrelson) por qué todavía no arrestó a nadie por el asesinato de su hija. En un lugar en apariencia tranquilo, la calma se torna violencia tras esos desafíos públicos y la difusión del caso. “Cuando un crimen se mediatiza, hay más chances de que se resuelva”, dice Hayes justificando su acción, aunque así se enfrenta a todo el pueblo que llora a la chica muerta pero se muestra cómplice ante el barullo que produjo la madre.

Por ello Hayes se violenta con un dentista, el oficial alcohólico Dixon (Sam Rockwell) golpea al encargado de hacer los carteles, y hasta el ex marido golpeador de la protagonista reaparece para hacerla entrar en razón, según su particular criterio. Pide pista Es una de las favoritas para los Oscar, y gran ganadora de los Globos de Oro de hace unas semanas. De esa velada se llevó las estatuillas por Mejor Drama, Mejor Actriz (McDormand), Mejor actor de reparto (Rockwell) y Mejor Guión, galardones bien otorgados pues las actuaciones y el ritmo del filme fluctúan entre la oscuridad y el humor, impecablemente.

El filme está dirigido por Martin McDonagh, también conocido por ser un dramaturgo de teatro extremo en Europa. Esa característica parece estar adaptada al cine en el largometraje, que, sin caer en los excesos, plantea el conflicto de la justicia sin mostrar buenos y malos en el elenco. En una inmensa paleta de escala de grises, “ Tres anuncios para un crimen” genera indignación, ira, y a los pocos segundos se hace imposible detener una carcajada, sin que el eje se corra de lugar.