@perez_daro

"Rápido y furiosos 8" se estrenó en mayo de 2017, y parecía el final de una era, no sólo por la historia, que comenzaba a cerrarse para el grupo de Dominic Toreto (aunque ya sabemos que volverá en 2020), sino porque hacía gala de las escenas de acción más inconcebibles jamás vistas.

La franquicia que nació con Vin Diesel y el fallecido Paul Walker se convirtió en un éxito inesperado en el lejano 2001, cuando mezclaban persecuciones, peleas, explosiones y tiroteos con lo que se conocía en su momento como “tunning”, la modificación de automóviles con fines estéticos o de competición.

El filme parecía que quedaría sólo para los amantes de los “fierros” y nada más. Pero luego volvieron en una segunda parte sólo con Paul Walker, una tercera con un elenco completamente distinto, y desde la cuarta a la séptima la dupla del rubio y el pelado volvió para invertir y ganar millones en taquilla. La octava, quizás la más triste porque Walker ya no estaba entre nosotros, dio lugar a la chance de que uno de los personajes de la nueva era, Luke Hobbs (Dwayne “La Roca” Johnson), se cortara solo y siguiera una historia paralela, de la mano de uno de los villanos, Deckard Shaw (Jason Statam).

En esta nueva aventura, presentada como spin-off, Hobbs y Shaw son contratados para encontrar a Hattie, una brillante agente del MI6 (Vanessa Kirby) que desapareció tras un enfrentamiento con Brixton (Idris Elba), un hombre genéticamente modificado que es matón de una agencia de terrorismo mundial. Por sus anteriores encuentros, ya vistos en las anteriores películas, Hobbs y Shaw no pueden ni mirarse sin querer matarse a golpes. Cuando encuentran a Hattie, quien casualmente es hermana de Shaw, deberán trabajar juntos para evitar que una amenaza de consecuencias apocalípticas acabe en manos de Brixton.

Como en las últimas películas de la saga, veremos al nuevo equipo volando por el mundo: Desde Los ángeles a Londres, de allí a Chernobyl y finalmente en Samoa. Si “Rápidos y Furiosos 8” estaba al límite de la realidad, “Hobbs y Shaw” está por sobre lo inaudito. De manera consciente, saben que unir las fuerzas de estos dos actores genera un cóctel de testosterona que no precisa de límites, y siempre se corre un poco más de lo aconsejable. Aunque al guión se le noten los agujeros, a pesar de que las actuaciones no se destaquen más que cuando tengan los músculos en movimiento, y con unos diálogos que intentan ser graciosos y muchas veces terminan siendo patéticos, toda la idea del filme es continuar con la esencia de la franquicia: explotar más cosas, crear persecuciones más irreales, y exagerar todo lo que se pueda, no importa si eso derive hasta en hacer el ridículo.

La película no escatima en fuegos artificiales pero tampoco intenta mostrar algo más, y es honesta en eso: esto es acción en el siglo XXI, en donde la acción no quiere ser original, sino sólo grandilocuente. Los protagonistas se medirán todo el tiempo el tamaño con, literalmente, chistes sobre el tamaño de sus testículos. Y a pesar de todo ello, en ese universo creado por héroes de puro músculo, funciona, como puro entretenimiento, pero funciona al fin.

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