@perez_daro

Calificación: Excelente

¿Se puede ver hermosura en la maldad? Eso es lo que parece preguntarnos Luis Ortega con su película “El Ángel”, basada en la vida de Carlos Robledo Puch, uno de los criminales más infames de la historia argentina. Ese morbo, ese gusto por lo marginado, o esa intención de comprender la violencia, ya había sido tratado en varias ocasiones en nuestro cine, y en 2015 Pablo Trapero filmó “El Clan”, al mismo tiempo que Underground producía “Historia de un clan” en televisión.

Pero a diferencia de lo narrado con los Puccio, esta producción se aleja de la oscuridad al escapar de los hechos reales que componen la vida criminal de Puch. Aquí Ortega aprovecha para realizar su propia interpretación de la esencia del personaje, y en vez de utilizar un guión probable para narrar las características de “El Ángel”, se basa en cuestiones más inverosímiles que podrían ser las que describan al criminal de una forma más completa y pintoresca.

“¿Nadie considera la posibilidad de ser libre? Andar por donde se te cante, como se te cante. Yo soy ladrón de nacimiento, no creo en ´esto es tuyo y esto es mío'”, dice en off Carlitos (Lorenzo Ferro) en el comienzo de la película, cuando está a punto de entrar en una casa vacía a robar cualquier cosa que le guste.

Esto es, desde joyas para regalarle a su novia, hasta discos de Billy Bond. Tras un tiempo de robar sin querer sacar mucho provecho a lo robado, Carlitos conoce a Ramón (Chino Darín) y a su padre José (Daniel Fanego) que también se dedican al negocio.

Tras su primer proyecto en conjunto, Ramón le dice “Nos estamos jugando la vida”, a lo que el joven responde: “Por eso, hay que ir por todo”. Carlitos no tenía límites ni filtros, y vivía la vida segundo a segundo. Es difícil entender cuál es la virtud más acertada del filme: encontrar a un protagonista para la película más importante del año y que el elegido tuviese la frescura de un nóvel desconocido y lograr el exacto equilibrio para que no le pese; un libreto construido sin ruidos “reales” para, paradójicamente, llevar un nivel de verdad sobre quién era Robledo Puch, o su estética colorida, sexual y exacerbada que encaja perfectamente con el tono que vacila entre lo cómico, dramático y psicológico que sirve para describir al asesino.

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