Muchas personas creen -y no está mal- que el cine también es una buena ocasión para viajar. Aunque cierto que una película no vale o no debería valer solo por sus paisajes, que el lugar donde ocurre debería complementar la historia, ser también protagonista. En esos casos, nuestro conocimiento de otras geografías es mucho más intenso, más vívido, porque nos incluye. Nos convertimos también, identificación mediante, en los protagonistas que recorren esos lugares. Seguramente cuando viajamos a ciudades como Nueva York o Paría sentimos un aura de familiaridad en gran medida gracias a haberlos recorrido gracias a grandes películas.

¿Cuáles son los mejores filmes para conocer esos lugares? En realidad no es tan sencillo: es necesario que excedan la fotografía bella y que el lugar sea reflejo de los personajes. Nueva York es una de las ciudades más retratadas. En ese lugar ha pasado de todo: desde invasiones extraterrestres hasta persecuciones sin cuento. Uno puede mencionar Los Vengadores, o Duro de matar-La venganza, por ejemplo y para seguir con lo dicho. Pero para quien esto escribe una de las películas que mejor pinta la relación entre esa ciudad, paradigma de lo moderno, y sus habitantes es una comedia romántica, Cuando Harry conoció a Sally, de Rob Reiner. En primer lugar, ambos personajes “llegan” a Nueva York desde lejos, y NYC es una ciudad de inmigrantes. Luego, casi todo se da en paseos, en movimientos, donde la relación de esos dos amigos que están enamorados sin darse cuenta por más de doce años se refleja en el ambiente. Desde el Central Park en pleno otoño hasta la corrida final de Harry por las avenidas vacías del 31 de diciembre. En cada parte, un detalle de la ciudad permite el gag, el diálogo, el complemento preciso del estado de ánimo.

El ambiente tiene que ser reflejo de lo que le sucede a los personajes

Para París hay muchas, también. Pero quizás la primera que le declaró el amor a la ciudad y la vio con ojos maravillados, de puro descubrimiento, es el drama Los 400 golpes, de François Truffaut. Es un filme de la Nouvelle Vague (de algún modo, ese movimiento influyó en todo, también en películas como Cuando Harry...), narrada desde los ojos de ese adolescente a punto de descubrir la tristeza, Antoine Doinel, que encarnó Jean-Pierre Léaud y era un alter ego del realizador. Desde la secuencia de títulos, donde vemos desde un auto, a lo lejos, la Torre Eiffel, hasta el bello “hacerse la rata” de Antoine por las calles y las atracciones del París de fines de los años sesenta, la ciudad, todo externo, termina siendo el refugio, la “madre” de ese chico cuyos padres no terminan de querer. Filmada en locaciones, sin nada en estudio, es además un documento sobre la ciudad y su vida.

A veces una película logra capturar un momento histórico de una ciudad. El tercer hombre, de Carol Reed sobre un guión original de Graham Greene, sucede en Viena, una Viena ocupada por soviéticos, británicos y americanos, una Viena derrumbada con algunos iconos de belleza apenas surgentes. Tanto como el elusivo Harry Lime (personaje brillante de Orson Welles), esa Viena ocupada es protagonista, tanto su superficie como su subsuelo larval, aquel donde el “tercer hombre” termina ocultándose para seguir siendo el seductor Satán que surge del caos humano. Hay pocas películas que capturen geografía e historia con tanta precisión.

¿Y Buenos Aires? Durante demasiado tiempo tuvimos una cinematografía que optaba por el Obelisco y el tango como postalitas. Pero llegó en 1997 Pizza, Birra, Faso, de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro, y la laberíntica, múltiple, llena de capas Buenos Aires se transformó realmente en un escenario de cine. Lo cambió todo ese filme también muy nouvelle vague, desde el momento en que retrata el Obelisco desde adentro, diciendo “basta” a una forma perimida del cine vernáculo. Y ese mismo año, el hongkonés Wong Kar-wai hizo lo mismo para contar un brillante melo homosexual mientras se jugaba a la pelota en la Boca. También tenemos una ciudad de cine.

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