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EL DESBARRANCADOR |

 UN ADIOS HISTORICO

03.04.2009 | 17:18 hs.

TE VI, RAUL

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Salí de la redacción a los apurones, alrededor de las doce de la noche. Caminé casi cuatro cuadras por Corrientes con zancadas onda Freddy Rincón en sus buenos tiempos. Llegué a Callao y le pegué un tubazo al celular de mi viejo, que desde hacía cuatro horas estaba con mi vieja en la eterna cola para saludar y venerar a él, el padre de la democracia, Don Raúl.

A medida que me iba acercando al Congreso de la Nación, la multitud me desbordaba por todos los wines. Una multitud dolida, callada, melancólica que se congregó espontáneamente, sin Cocas, ni sándwiches, ni 50 mangos de por medio.

Observé familias enteras, jubilados solitarios, niños, adolescentes, adultos, curiosos, los siempre vivos que se quieren colar y demás cosas. Pero lo que más me impactó fue el silencio, que sólo se apagaba con aplausos y con el grito de ¡Alfónsín, Alfonsín!

Después de buscar por casi cinco minutos, por fin encontré a mis viejos. Estaban ahí, parados, al igual que aquel 10 de diciembre de 1983, cuando recibieron de brazos abiertos la tan deseada democracia. Y yo, pendex de 23 años, no podía ausentarme en la despedida de un hombre que, fiel a sus convicciones, y más allá de haber cometido algún que otro error, luchó por la libertad, por los derechos humanos (esos que Susana tanto detesta), por la confrontación mediante el diálogo, la educación, la salud y la pobreza. Honesto cien por cien. Sí, está bien, tenés razón, yo no lo viví. Pero como ciudadano ahí tenía que estar, para rendirle al menos un simple tributo.

 Entonces estuve, alrededor de dos horas, caminando, ida y vuelta, por la avenida Callao, hasta llegar al punto más deseado: la puerta del Congreso. Había una fila interminable de ciudadanos en las escalinatas que subían lentamente. Al costado de estas, se ofrecían cientos de coronas de flores de líderes políticos, senadores, diputados, ex presidentes, dirigentes de fútbol y más no pude ver.

El silencio me atrapó cuando ingresé al Salón Azul. Lentamente íbamos pasando, a tan sólo metros de Don Raúl, que aún descansando parecía estar vigilando aquel acontecimiento histórico. Me frené un par de segundos, me persigné y tomé la ruta de salida. Atrás, mi viejos, que siguieron mis pasos.

Te vi, Raúl, te saludé y me fui. Me sentí satisfecho como ciudadano y como persona porque hoy, sino fuese por él (sinónimo de democracia) sería muy difícil, casi imposible en otra época, que yo hubiera podido escribir esta nota.

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