@perez_daro

El título del filme es claro: identifica un pedido desesperado, y no hace falta demasiado contexto para internalizarse en que habla de una pasión desencontrada con un amor. Si bien la expresión “El fútbol o yo”, en primera persona, se refiere a la esposa de un adicto a este deporte que no soporta la situación, la historia dirigida por Marcos Carnevale tiene como único protagonista a Adrián Suar, el adicto en cuestión.

Todo comienza cuando Vero (Julieta Díaz) se harta de la enfermedad de su marido, Pedro. “Ojalá estuvieses con una mina, pero ¿cómo hago para competir con esto?”, le dice ella, mostrándole una pelota de fútbol.

Al perder su trabajo por cuestiones similares, y separarse de Verónica, se da cuenta de que su pasión se ha transformado en algo más grave y decide ir a una reunión de Alcohólicos Anónimos a tratarse, pues no conoce a nadie con su mismo problema y cree encontrar en ese lugar la terapia que necesita para recuperarse.

Su “padrino” será Roca (Alfredo Casero), quien será implacable en la recuperación de su ahijado, pues no sabe que Pedro mintió respecto de la causa de su adicción.

De este modo, Pedro debe emprender un camino de autoconocimiento y evitar caer en la tentación, que está presente todo el tiempo, con partidos locales e internacionales de tantas divisiones que hay para disfrutar, pues tiene la intención de recuperar a su esposa.

Si bien la propuesta es una comedia romántica con un tema que es muy familiar para los argentinos, todo el peso narrativo recae sobre el personaje de Suar, e intenta redimirlo todo el tiempo.

Carnevale es demasiado compasivo con su protagonista y lo simplista y masticado del largometraje se hace empalagoso cuando no existe reflexión verdadera sobre la culpa -a pesar de los varios discursos sentimentales de Pedro en el último tramo-.

Los mejores momentos del filme tienen lugar cuando aparece Casero, que en su forma más explosiva por lo menos genera algunos quiebres en lo normativo y formal de la historia. No se ponen en duda los roles tradicionalistas de la familia y eso, en 2017, ya ni siquiera suena a vintage, sino que roza lo arcaico.

Es también una lástima que una actriz como Julieta Díaz sea relegada sólo a acompañar al enfermo de fútbol y su trabajo esté desdibujado por otras cuestiones. Ni siquiera en el tramo final existe una reinvindicación de su personaje de la manera en la que la narrativa pedía a gritos.

“El fútbol o yo” es correcto en todo lo que intenta ser, y desde esa poca ambición busca llegar a lo popular a través del acercamiento con el deporte como pasión de multitudes. El caso de Adrián suena como a una versión doméstica de Tom Cruise. Si bien participa de buenas producciones, Tom se come el filme y termina siendo tan solo “una historia que protagoniza Cruise”.

En “Un novio para mi mujer”, “Me casé con un boludo” y ahora “El fútbol o yo”, los vocativos son desde o hacia el personaje de Suar y es evidente la necesidad de una atención que ni siquiera necesita, pues es uno de los actores y productores más importantes de nuestro país.