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Por @Rfilighera

Calificación: Excelente

Nada es como ayer y todo, a su vez, cambia con el mañana. "Un rato con él" presenta, precisamente, estas pequeñas elegías sobre los desencuentros. La historia está centrada en la reunión de dos hermanastros luego del fallecimiento de su padre.

El objetivo es consensuar lo que le corresponde a cada uno de la herencia aportada por su progenitor. Ambos son hijos de distintas madres y tendrán un cara a cara en una suerte de match boxístico, a suerte y verdad, en plena entrega.

Gregorio (Julio Chávez) espera en su casa a su hermano Darío (Adrián Suar). En tanto, Manuela Pal y Marcelo D’Andrea, los abogados, en sus respectivos roles, de Darío y Gregorio, tendrán la previa y el objetivo de aliviarle cierto desgaste en la especial competencia que se viene.

Julio Chávez volvió a ejercitar la pluma de autor ("El día del inocente", "La bruta espera", "Madame Pipi"), en esta oportunidad, en sociedad con Camila Mansilla. Nos instala en un escenario de crueldad y pase de facturas, no exento del humor que deviene de la propia condición de intolerancia y estupidez de la que tan a menudo somos portadores con mucho orgullo.

Pero la pluma de Chávez indaga, también, en aquellos lugares más recónditos del alma de estos personajes. Porque más allá de las circunstancias que los diferencian, litigios y afines, ambos tienen una cicatriz dolorosa y todavía abierta. Es que hay un componente de desatino interior entre ambos que los mantuvo tanto tiempo alejados.

Y Gregorio, por ser el mayor, por haberlo cuidado de chico a Darío, es el que tratará de correr el velo y exponer algunas de las situaciones que redoblaron esa distancia. La historia irá demostrando que el grito ensordecedor de ese conflicto no es la competencia por quién obtiene la mejor porción en la atribulada herencia.

El nudo de esa desavenencia pasa, puntualmente, por la herida de espíritu que tienen esos protagonistas. Y esa necesidad imperiosa es nada más ni nada menos que la búsqueda del amor, de los sentimientos, de la posibilidad de comprender y de saber que esos dos hermanos del mismo padre han sido mucho más y son más que eso.

Daniel Barone instala a esas dos criaturas en el tiempo del escenario teatral aunque con rigor de contrapartida cinematográfica. La angustia de esa necesidad espiritual que anida en ambos puede cohabitar con esa acción (y remate) en donde la comicidad distiende y convierte en ríos más apacibles la fiereza de esas relaciones.

Julio Chávez nos regala, nuevamente, la generosidad de su porte interpretativo, esta vez en Gregorio. Un traje a medida de la problemática inherente a las grandes dificultades que debe sortear, cotidianamente, la condición humana. No exenta de valores es, por otra parte, la impecable composición de Adrián Suar en el cuerpo de Darío.

En consecuencia, el teatro dramático con rigor de clásico está presente en la escena actual con esta atractiva pieza. Es de cosecha propia, motivo de festejo muy especial, por cierto.