Por Ricardo Filighera
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El novelista, periodista y dramaturgo húngaro Sándor Márai ocupa un lugar de privilegio en la historia de la literatura universal. Analizó con sensibilidad y testimonio la decadencia de la burguesia de su país en la primera mitad del siglo 20 y también, a través de sus crónicas y memorias, relató las crisis sufridas por Hungría como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y las invasiones del ejército nazi y luego, ruso, en la segunda conflagración mundial.

La herencia de Eszter” es uno de sus aportes creativos de mayor enjundia desde la estructura de la crítica social hasta en la mirada escrutadora de la profundidad del alma humana. Un texto de desarrollo complejo, desde la novela, en la diversidad de situaciones y personajes pero que, en esta oportunidad, ha tenido un traslado de adaptación y versión teatral de rigor muy efectivo a cargo de María de las Mercedes Hernando y una puesta en escena de Oscar Barney Finn que realza la estética de una historia de dolorosa poética.

El derrotero

Como en los textos de Chéjov, la historia transcurre en interiores de placidez y caminos que aportan, en el transcurso de la existencia, el tic-tac de las agujas de un reloj que parece no adelantar nunca. Existencias que encubren el desasosiego, la frustración o el desencanto en pequeños cofres con secretos instalados hace años en el alma humana. Latidos que cobran vigor cuando aquellas jornadas cotidianas de permanentes silencios se ven alteradas por presencias que instalan en ese presente un territorio doloroso de esas vidas. Después de muchos años, Lajos decide regresar y reencontrarse con quien fuera su gran amor, Eszter. Lajos es encantador y manipulador, alguien que se había aprovechado de la familia de Eszter y que ahora regresa por más, por la antigua casa, la única propiedad de quien lo había amado tanto.

Han transcurrido 20 años y, más allá de las traiciones sufridas, Eszter lo recibe junto a su hermano, un escribano amigo (ambos estafados por Lajos) y la señora ama de llaves, que también conoce rigurosamente la personalidad de ese maldito tramposo. Llega acompañado de su hija, y un verdadero huracán de pasiones encontradas se volverá a dar cita dentro de la estructura de esa casa de la que quiere apoderarse Lajos.

Y es la casa precisamente el símbolo de la última pertenencia de la que necesita apoderarse. No existe conciencia ni sentimiento alguno. Es que el trato delicado y culto de un gran mentiroso no encuentra escollos y menos en el alma delicada y frágil de Eszter. Sándor Márai nos remite a una suerte de remanso provocador, tardes que se acumulan lacónicamente en la integridad de sus protagonistas, desprovistos del odio y de la revancha. Seres vencidos ante el inexorable filo que van a marcar existencias que dejarán, únicamente huellas en el dolor y la frustración.

Víctor Laplace (Lajos) y Eszter (Thelma Biral) nos regalan composiciones de particular magnitud. Impecable pátina de belleza para encarnar en un personaje la trampa y la mentira y en el otro, la dulce resignación de la derrota.

En tanto, Susana Lanteri, Luis Campos, Edgardo Moreira y María Viau dibujan otras almas que acompañan el devenir de un tiempo tan crucial y definitivo como la vida misma